En la I Maratón de microrrelatos Valencia Escribe – Massalfassar

En la I Maratón de microrrelatos Valencia Escribe – Massalfassar

El sábado 20 de febrero, he tenido la suerte de participar en la I Maratón de microrrelatos Valencia escribe – Massalfassar. Ha sido una experiencia extraordinaria. Escribir en un tiempo limitado (20 minutos), un texto con determinadas pautas (un comienzo dado o un final) es un juego muy divertido. Y si juegas a un juego que te gusta en muy buena compañía, pues mucho mejor.

He podido conocer personalmente a gente cuyas letras admiro, me asombran, y me dan un poco de envidia también. Rafa Olivares, Juan Pérez y Nicolás Jarque (que oficiaba de anfitrión) hicieron que no me importara caer en la segunda ronda.

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Os dejo links a los dos textos con los que he participado en la maratón.

Primera ronda: un microrrelato que comience con la frase “Estaba perdidamente enamorado de ella”   Ecuación de primer grado

Segunda ronda: un microrrelato que termine con la frase “Que sea lo que dios quiera”   No por mucho madrugar

Me he traído de Valencia el alma llena de buenos momentos, la alegría de comprobar que mis admirados compañeros son de carne y hueso, y este madroño que ya he plantado en mi balcón y que siempre me recordará esta aventura. ¡Gracias Valencia Escribe! Y el año que viene, quiero más…

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No por mucho madrugar

No por mucho madrugar

Mi madre dice que al que madruga dios lo ayuda. Yo creo que es una excusa para hacer que me levante. Si fuera verdad, mi padre sería el más afortunado del mundo. Pero sale de cada mañana muy temprano, y sobre las diez regresa diciendo que no hubo suerte.

Yo, de mayor, quiero tener el trabajo de papá. A partir de las diez tendría tiempo para jugar a los videojuegos.

Le he preguntado qué ha estudiado, y me ha dicho que cinco años de universidad  para estar en la calle.

Yo, por las dudas, no estudiaré tanto. En la calle hay mucha gente, y no creo que todos hayan estudiado tanto.

Yo terminaré el cole, madrugaré mucho mucho, y que sea lo que dios quiera.

No por mucho madrugar

Ecuación de primer grado

Estaba perdidamente enamorado de ella. Lo supe cuando Juanpi y los otros se rieron al verla entrar a clase.

La llamaban “la caballo”. Sus dientes salidos y esas orejas de gnomo gigante, justificaban el apodo.

Escribió una ecuación en la pizarra, se giró, y borró la mitad con la espalda. Todos rieron. Ella también.

Levanté la mano para pasar al frente. Quería tenerla cerca. Cuando me puse en pie, los nervios se me enredaron en la mochila. Mis pies, de pronto medían diez centímetros extra.

Rodé por el pasillo entre la carcajada general. Ella, sin reírse,  me ayudó a incorporar y me puso la tiza en la mano. No sé cómo resolví aquella ecuación. Pero ese día ella se convirtió en mi primera incógnita.