En el verano, a la hora de la siesta, mamá nos mandaba al río a hacer pis. ¡No se os ocurra bañaros!, advertía. ¡Ni regresar antes de las cinco!, agregaba siempre cuando estábamos en la carretera de tierra ya.
¿Para qué teníamos que orinar en el río? Pues porque nuestro pis lo mantenía descontaminado. Eso nos decía.
Manolito, de la casa vecina, también venía a hacer pis al río con nosotros. Pero él decía que lo hacía para fastidiar a su padre, que lo mandaba a bañarse y le prohibía hacer pis en sus aguas para no contaminar.
Eso sí, él tampoco podía regresar antes de las cinco.
Entre sumisos y rebeldes amarilleábamos las aguas cristalinas y competíamos apuntando a algún blanco móvil.
Recuerdo que mamá nos recibía canturreando feliz, cuando se hacía la hora, y volvíamos a merendar.
De pequeño, no aguantaba a Raquelita. En las tardes de verano, nuestras madres me la encargaban mientras tomaban algo en el bar, yo tenía que entretenerla.
La subía al tobogán fingiendo que era la torre Eiffel, o la montaba en el balancín y le hacía creer que cabalgábamos las praderas de Australia, o la empujaba en el columpio jugando a que volaba sobre el Gran Cañón. A ella le gustaba, pero terminaba cansándose. Era terca, caprichosa. Que si le compraba un helado, que tenía sed, que quería pis. Y allí íbamos los dos hasta la mesa del bar y bebíamos agua y entonces mi madre me decía:
– Llévala, cariño. Ya ves lo bien que se lo pasa contigo.
Nadie se preocupaba por cómo me la pasaba yo. Simplemente daban por sentado que cuidar de Raquelita era mi mayor aspiración en la vida. Y lo cierto es que mi única aspiración era tenerla bien lejos.
Parece mentira que ahora, cuando ya no hay madres en el bar tomando algo, ni toboganes a la vista, mis aspiraciones hayan cambiado tanto. Al fin me he decidido a interceptar el andar apresurado con que cada mañana a la misma hora se cruza conmigo en la avenida sin reconocerme. He llegado con diez minutos de antelación al punto exacto y la espero, flores en una mano, temblor en la otra. Ansiando que Raquel recuerde nuestras imaginarias expediciones estivales, y acepte viajar conmigo el resto de los veranos.
Me hacía cosquillas que escribieras en las plantas de mis pies. Por eso las reservabas para los haikus. Los microrrelatos encajaban justo en mis articulaciones.
A mis pechos destinabas los poemas. Y tenían mis piernas la métrica exacta de tus sonetos.
Aprovechabas el largo de mis brazos para emborronar tus cuentos y la extensión de mi espalda para probar con el ensayo.
Quiero hacer de tu cuerpo todo un manuscrito, me habías dicho en la primera cita, al ritmo de la canción del verano. Y yo estaba encantada. Pero cuando te decidiste a escribir tu primera novela, a mí ya no me quedaba ni un renglón vacío.
Fue verte y se me hizo agua la boca. Labios de fresa, pómulos de manzana, ojos de aguacate.
Eras dulce, eras salada. Solo pensaba en pasar mi lengua por cada una de tus dimensiones. Probar tus texturas, el crujiente de tu cabello rizado, él toque ácido que albergabas debajo de la nuca.
Tu forma de contonearte en la pista, hacía que deseara zambullirme en la mousse de chocolate de tu piel, aspirar el aire que separaba sus partículas, sorberte entera y embriagarme sin remedio.
Eras tentadora como los vasos de horchata de mi infancia, como las cervezas con los amigos, como los mojitos después de medianoche. Por eso, cuando te acercaste invitadora, no dudé en seguirte hasta la puerta, hasta el taxi, hasta el hotel.
Que la mañana me encontrara desnudo, sin cartera, y con una cuenta desproporcionada por pagar, no quita el buen sabor de boca que me ha dejado haberte catado, haber sorbido tu néctar, haber saboreado tus misterios…. Una pena no ser capaz de recordarlo.
Escrito para los Viernes Creativos a partir de este vídeo de Cat Power y Pharrell Williams:
Pensaron que era uno de esos amores de verano. De los que nacen con los pies llenos de arena y salpican agua salada al andar. De esos que miran las estrellas antes de dormirse con los oídos llenos de mar. De esos que resbalan burbujeantes y efímeros por la garganta.
Sin embargo, el otoño no supo comprarle un pasaje de vuelta y se quedó. Aprendió a patear hojas secas y a chapotear lluvias caídas, lágrimas no lloradas.
Algunos inviernos lo encontraban acurrucado ante una taza de chocolate caliente y tardes de siestas a dúo en el sofá. En cambio, otros lo hallaban cansado de navidades y obligaciones, a punto de traicionarse y desaparecer.
Las primaveras siempre tenían la virtud de devolverle el aire y llenarlo de aromas inesperados, de excusas inexactas para volver a empezar.
Pensaron que era uno de esos amores de verano. Sin embargo, llegado el último otoño, se les antojó demasiado corto. Como se habían prometido, entrelazaron las manos arrugadas que seguían acoplándose a la perfección, bebieron del mismo vaso y para no ser testigos de cualquier otro final, se dejaron, juntos, morir.
Me gusta saborear en la boca el hielo que ha quedado en el vaso, los libros que no dejan dormir, las almohadas delgadas, el aspersor del jardín que por la mañana me moja los pies, la anticipación de un beso, cantar mientras conduzco, los viajes largos, los viajes cortos si me llevan a un abrazo, la cara de mi hijo pequeño cuando dice “te apuesto que…”, la pizza, las noches de verano, las chimeneas, escribirme y escribirte, dormir sin despertador, dar masajes. Me gusta escribir en papel, los crucigramas, los relojes de péndulo, meter los pies en el mar aunque haga mucho frío, los abrazos largos, las canciones de Sabina, los comienzos, releer historias, recibir cartas, el sabor del mar en la piel.
No me gusta el olor de las piscinas cubiertas, ni las mentiras, ni rendirme al primer escollo, ni al segundo, ni al último. No me gusta creer que no vale la pena, ni sentarme a llorar. Prefiero, si hace falta, llorar mientras remo, mientras camino, mientras pedaleo, porque eso hará que las lágrimas sequen más pronto y desaparezcan. No me gusta que me digan no podrás. O me gusta que eso lo convierta en un desafío. No me gusta la indiferencia ni el desinterés, el interés económico, la comodidad mal entendida. Detesto las uvas pasas, prefiero los racimos frescos y rebosantes. Odio los sobreentendidos y las despedidas cobardes.
Me gusta creer en los comienzos, en los despertares, en que aún queda todo por hacer. En que los puzles pueden desarmarse y volverse a armar. Adoro las brújulas y los caleidoscopios. Las gafas de mirar distinto. Mis dedos entrelazando palabras. Tus ojos destejiéndolas y leyéndome.
Uso cookies para mejorar tu experiencia en mi web, por favor acepta en el botón y sigue navegando.AceptoVer Política Cookies
Ley de Cookies
Privacy Overview
This website uses cookies to improve your experience while you navigate through the website. Out of these, the cookies that are categorized as necessary are stored on your browser as they are essential for the working of basic functionalities of the website. We also use third-party cookies that help us analyze and understand how you use this website. These cookies will be stored in your browser only with your consent. You also have the option to opt-out of these cookies. But opting out of some of these cookies may affect your browsing experience.
Necessary cookies are absolutely essential for the website to function properly. This category only includes cookies that ensures basic functionalities and security features of the website. These cookies do not store any personal information.
Any cookies that may not be particularly necessary for the website to function and is used specifically to collect user personal data via analytics, ads, other embedded contents are termed as non-necessary cookies. It is mandatory to procure user consent prior to running these cookies on your website.