Me hacía cosquillas que escribieras en las plantas de mis pies. Por eso las reservabas para los haikus. Los microrrelatos encajaban justo en mis articulaciones.
A mis pechos destinabas los poemas. Y tenían mis piernas la métrica exacta de tus sonetos.
Aprovechabas el largo de mis brazos para emborronar tus cuentos y la extensión de mi espalda para probar con el ensayo.
Quiero hacer de tu cuerpo todo un manuscrito, me habías dicho en la primera cita, al ritmo de la canción del verano. Y yo estaba encantada. Pero cuando te decidiste a escribir tu primera novela, a mí ya no me quedaba ni un renglón vacío.
