De pequeño, no aguantaba a Raquelita. En las tardes de verano, nuestras madres me la encargaban mientras tomaban algo en el bar, yo tenía que entretenerla.
La subía al tobogán fingiendo que era la torre Eiffel, o la montaba en el balancín y le hacía creer que cabalgábamos las praderas de Australia, o la empujaba en el columpio jugando a que volaba sobre el Gran Cañón. A ella le gustaba, pero terminaba cansándose. Era terca, caprichosa. Que si le compraba un helado, que tenía sed, que quería pis. Y allí íbamos los dos hasta la mesa del bar y bebíamos agua y entonces mi madre me decía:
– Llévala, cariño. Ya ves lo bien que se lo pasa contigo.
Nadie se preocupaba por cómo me la pasaba yo. Simplemente daban por sentado que cuidar de Raquelita era mi mayor aspiración en la vida. Y lo cierto es que mi única aspiración era tenerla bien lejos.
Parece mentira que ahora, cuando ya no hay madres en el bar tomando algo, ni toboganes a la vista, mis aspiraciones hayan cambiado tanto. Al fin me he decidido a interceptar el andar apresurado con que cada mañana a la misma hora se cruza conmigo en la avenida sin reconocerme. He llegado con diez minutos de antelación al punto exacto y la espero, flores en una mano, temblor en la otra. Ansiando que Raquel recuerde nuestras imaginarias expediciones estivales, y acepte viajar conmigo el resto de los veranos.
