Fin de fiesta

Fin de fiesta

Mi madre había dicho que por respeto no iríamos a la feria. Yo no lo entendía. Pero tampoco tenía mucho ánimo. Además, llevaba días enferma.

Las fiestas estaban ligadas al abuelo desde que  de pequeña se montaba conmigo en el tiovivo y no se cansaba de dar vueltas sosteniendo mi inseguridad al vaivén de aquellos corceles sin crines.  O cuando me enseñaba a apuntar en el tiro al blanco y ganaba para mí aquellos enormes peluches.

De todos modos, aquel año, las fiestas fueron suspendidas. Una tormenta de lluvia y viento impidió abrir los puestos y montar las atracciones.

Cuando paró de llover, el abuelo vino a buscarme con  un globo rojo y su sonrisa de siempre. No me importó que llevara muerto un mes. Cogí confiada su mano y nos fuimos a la feria.

Allí estamos, saltando charcos entre los puestos vacíos, desde hace una eternidad.

Relato basado en la serie de fotografías “Abuelos” de Ángel Atanasio Rincón

Estreno – Finalista en el VI Concurso de relatos breves sobre la prevención del Sida

Estreno – Finalista en el VI Concurso de relatos breves sobre la prevención del Sida

– ¿Qué tal hoy en el instituto?

Jorge se ruboriza y entra al baño. Le avergüenza contarle a su madre que han tenido una clase de educación sexual.

Cuando sale, ella está leyendo el folleto que le han dado.

– Veo que habéis tenido una charla interesante, ¿no?

– Todo ese rollo del Sida – dice él mirando el plato.

– No es ningún rollo, cariño.

Jorge la observa sorprendido. No sabía que podían hablar de ciertas cosas. Pero la sonrisa predispuesta de ella, le hace sentirse adulto por primera vez.

Por fin un por qué

Por fin un por qué

Corre porque sabe que corriendo, las lágrimas se secan antes. Corre para acortar la distancia entre el aula y su habitación de adolescente. Para huir de risas crueles, de espejos a los que no quiere asomarse.

Más tarde, corre para llegar a tiempo a un trabajo que no le gusta, recoger los niños en el colegio y enlazar la rutina de extraescolares, tareas, baños, cena, que en silencio aborrece.

Apuntarse a la San Silvestre es algo no planificado. Alguien en el trabajo, taza de plástico en una mano, despreocupación en la otra, comenta que correrá. “¡Cómo se nota que eres tío, te sobra el tiempo!”, piensa ella. Pero se sorprende especulando un “¿Por qué no yo?”.

El día de la carrera, el pequeño tiene fiebre y el mayor, partido. No desiste. Deja la culpa prolijamente doblada, los niños a cargo del padre y corre. Por primera vez, por ella misma.

Casi infiel

Casi infiel

Seguimos en todos los lugares de los que nos hemos ido, al menos por unos minutos. Nadie lo nota, decía él. Pero te aseguro que es así. Por eso, cuando yo llegaba a su casa, inmediatamente después de que su mujer saliera, me recibía como si fuera una vendedora de seguros, o una molesta testigo de Jehová. Me hacía entrar, pero me obligaba a ofrecerle una línea telefónica o a hablarle de la biblia o de la tarifa de gas. Hasta que pasados los primeros diez minutos, se abalanzaba sobre mí y me hacía el amor sobre el sofá, sobre la alfombra, rodando nuestros cuerpos desnudos y sudorosos por toda la sala. Sólo por eso valía la pena la farsa que había que montar. A veces, para provocarlo, le ofertaba la tarifa “caliente” o le narraba un pasaje de la biblia donde el desenfreno sexual había obligado al todopoderoso a incendiar una ciudad entera. Él me miraba arrebatado, con los ojos brillantes y consultaba el reloj. Puede que aún esté aquí, pronunciaba sin emitir sonido y señalando la esfera. Los reglamentarios diez minutos no habían transcurrido aún.

Era un juego, y al principio era divertido, pero como todo juego, si se repite y se repite sin variaciones, llega a aburrir. Por eso después de meses, una tarde, cuando llegó el momento de irme (su mujer estaba a punto de regresar) dejé que me besara apasionadamente como siempre, que me acompañara hasta el ascensor y moviera su mano en gesto de despedida mientras las puertas se cerraban. Pero en realidad me había quedado dentro de su apartamento. Y antes de que pudiera empujar la puerta entreabierta para meterse en su casa, la había cerrado con doble llave.

Su mujer lo encontró en calzoncillos acurrucado sobre los peldaños de las escaleras y sin una explicación coherente para darle. Menos explicación iba a tener del hecho de que una extraña se hubiera quedado dormida en su sofá sobre la camiseta arrugada de su marido. Por eso, cuando consiguieron abrir la puerta gracias a la llamada de emergencia a un cerrajero, decidí que sería mejor salir y con un buenas noches pulsé el botón del ascensor mientras la mujer me miraba con expresión desorbitada.

No necesité permanecer en su casa los diez minutos de rigor luego de haberme ido, para saber que aquella noche él no durmió en casa. Y que los diez minutos durante los que pudo permanecer después de que su mujer lo echara, no le alcanzaron para convencerla de que yo no existo, de que solo soy el fantasma de una antigua habitante de su piso. De que no soy real, de que a veces las personas seguimos en los lugares de los que nos hemos ido, sobre todo si en ellos hemos sido felices.

 

Escrito para los Viernes Creativos incluyendo la frase «Seguimos en todos los lugares de los que nos hemos ido» perteneciente a uno de los relatos de «Habitaciones con monstruos» de Ángeles Sánchez Portero.

Por fin un por qué

Rombos

Mi madre se puso en cuclillas ante mí y colocando un dedo bajo mi mentón, pronunció las temidas palabras: “Mírame a los ojos”. Sabía que ante eso no había nada que hacer. Cuando ella usaba esa frase no quedaba más remedio que confesarlo todo.  Estaba a punto de pronunciar las palabras que me confinarían a un mínimo de dos semanas sin ir al parque, cuando el brillo húmedo en su mirada me detuvo. Desde la altura de mis seis años, comprendí  que ella no esperaba una declaración de culpabilidad. “Tengo que contarte algo” dijo al tiempo que una lágrima alargada se deslizaba por el tobogán de su mejilla. Sólo la había visto llorar dos veces en mi corta vida. Cuando el tío Raúl se fue a vivir a México  y cuando el abuelo murió.

“¿Quién?” pregunté desde la lucidez inaudita de la inocencia. Ella alzó la vista para mirar a alguien detrás de mí. “Debe saberlo, cariño” escuché decir a mi tía. Las palabras no salían de su boca. En cambio me abrazó tan fuerte como nunca lo había hecho. Su cuerpo se estremecía en un movimiento que yo no llegaba a comprender. Recuerdo que durante aquellos eternos minutos, mis ojos repasaron una y otra vez el diseño de rombos blancos y negros del cinturón de mi tía. Así, en blanco y negro, cuadriculado, sin redondeces ni nubes de algodón, quedó dibujado mi mundo cuando al fin ella reunió fuerzas para volver a mirarme a los ojos. Hubiera preferido confesar todas las travesuras que recordaba e inventar algunas que no recordaba también, a escuchar sus palabras trémulas: “Papá. Papá tuvo un accidente, cariño…”.

Por fin un por qué

Convenio regulador

El incómodo cadáver del mediador familiar apareció  sobre el felpudo, con una nota arrugada en la mano izquierda. A ella no le hizo falta leerla. Ordenó que se deshicieran del cadáver y redobló la apuesta. Durante la siguiente semana, su felpudo albergó los cadáveres de un sacerdote, dos sicarios, un niño recadero, un psicólogo, un abogado mafioso y  un hipnotizador. Decidió ceder a sus exigencias.

Él le abrió la puerta personalmente y la abrazó ávido, sin dejarla hablar. Ella le clavó el estilete. Sin quitarse los guantes ni las gafas oscuras, recuperó su colección de novelas negras, su tequila traído de México, y los habanos comprados en Cuba. Satisfecha, condujo de regreso fumando sin parar.