Corre porque sabe que corriendo, las lágrimas se secan antes. Corre para acortar la distancia entre el aula y su habitación de adolescente. Para huir de risas crueles, de espejos a los que no quiere asomarse.
Más tarde, corre para llegar a tiempo a un trabajo que no le gusta, recoger los niños en el colegio y enlazar la rutina de extraescolares, tareas, baños, cena, que en silencio aborrece.
Apuntarse a la San Silvestre es algo no planificado. Alguien en el trabajo, taza de plástico en una mano, despreocupación en la otra, comenta que correrá. “¡Cómo se nota que eres tío, te sobra el tiempo!”, piensa ella. Pero se sorprende especulando un “¿Por qué no yo?”.
El día de la carrera, el pequeño tiene fiebre y el mayor, partido. No desiste. Deja la culpa prolijamente doblada, los niños a cargo del padre y corre. Por primera vez, por ella misma.

Me gusta. A veces el día a día no te deja tiempo para ti. Deberíamos correr más por tener esos minutos de encuentro con nosotros mismos. Yo no corro porque no me gusta. Yo nado. Y nadando soy feliz, al menos durante una hora.
Enhorabuena por esa mención.
¡Muchas gracias, Jean! Es cierto lo que dices. Yo no corro ni nado. Yo escribo. Y eso, creo es lo que me mantiene feliz. Un saludo.
Todos necesitamos un poco de espacio alguna vez.
Un relato genial, Patricia. Enhorabuena otra vez y un abrazo
¡Enhorabuena también a ti, Ángel!
Todos necesitamos ese espacio, y a veces hay que pelear por él, la mayoría de las veces contra nosotros mismos. Para tu protagonista es un momento excelente, y también un buen principio.
Para ti, lo de siempre y no menos sentido: mi enhorabuena.
¡Muchas gracias, Luisa!