Bitácora – Segundo premio en el Certamen de Narrativa Breve Jorge Maldonado

Bitácora – Segundo premio en el Certamen de Narrativa Breve Jorge Maldonado

Como si fuera tonto o sordo o las dos cosas a la vez ¿abuelo quieres probar una torrija? ¿Y por qué me gritas, niña? pero no se lo digo… me mira ansiosa como preguntándome ¿aún te acuerdas de que soy Alba, no es cierto?… por eso le contesto: No, gracias, Albita, he comido demasiado… No disimula su sonrisa de alivio, como su madre que se acerca y me dice ¿está bien, suegro? Asiento, pero no lo estoy. Desde que me he perdido de camino de regreso desde el banco todo ha cambiado. Un despiste, insistí en hacerles entender pero no, que al médico de inmediato. Pero si ya me habéis encontrado y aquí estoy… Papá, insistió Julio. Tuvimos suerte de que justo pasara Marta por allí… No sé dónde era allí, pienso, y tampoco se lo digo… qué alivio cuando alguien me llamó Don Pedro ¡sí, ese soy yo! supe de inmediato. Como pisar terreno  un poco firme después de tanto hundir los pies en el lodo… Desde ayer que me duele ese pie… yo creo que se me ha encarnado la uña… eso nunca pasaba cuando estaba María, ella siempre cuidándome, cortándome las uñas… ¿dónde está María? miro a mi alrededor buscándola y tres o cuatro personas me observan  preocupadas… ¿necesitas algo, papá? dice el hombre de camisa de rayas…. ¿María? pregunto aunque de inmediato sé que no debí hacerlo… Papá, ya sabes que mamá… Asiento. Sí, ya sé que mamá nos dejó al final de la primavera pasada, cómo pude haberme olvidado.

Y ahora este matasanos que dice que tengo principio de Alzheimer… eso es mentira… y tú más quise decirle, pero me daba no se qué hacer quedar mal a mi hijo y a mi nuera que empezaron a hacer preguntas y a hablar de mí como si yo no estuviera presente.

Puede que estos episodios se empiecen a repetir con más frecuencia… yo me preguntaba si alguien le estaba prestando atención porque mi hijo lo miraba con los ojos nublados, y mi nuera me miraba a mí como con pena.

¿Le duele la cabeza? me preguntaba el de la bata blanca…. Bueno ¡por fin alguien que se entera de que estoy aquí! Sólo cuando a las urracas se les da por anidar en ella, contesto… la cara del galeno es un poema…. Que es broma, lo tranquilizo… sonríe no del todo convencido.

Abuelo, que vamos a ver la peli esa del tsunami… siéntate aquí a mi lado, dice Alba. Se la ve preocupada por mí, yo no quiero que se preocupe… y me siento a su lado aunque no estoy seguro de querer ver una película. Tengo mucho en qué pensar.  ¿Este año no vais a la procesión? pregunta el chaval de gafas. Intentar recordar su nombre me produce un dolor sordo en la sien, por eso he dejado de intentarlo. No, cariño, el abuelo no está para procesiones dice su madre, que es mi nuera, eso es seguro. Me revuelvo inquieto en el asiento, Albita me  mira preocupada y me toma la mano pensando que me impresiona la ola que acaba de barrerlo todo en pantalla… Abuelo, ¿prefieres que quitemos la película? niego con la cabeza en la penumbra de la sala, no quiero que vea que tengo los ojos húmedos. No quiero que mi memoria se disuelva en la arena cuando el mar suba apenas, cuando la oscuridad vaticinada sobre mí, venga a intentar borrarlo todo. Tengo que hacer algo para seguir entendiendo este mundo que poco a poco dejará de hablar mi idioma.

Tengo que concentrarme en una estrategia, en algo que me asegure no perderme por completo. Un ovillo de lana que me permita transitar el camino de regreso cuando lo necesite. Quiero seguir sabiendo cómo se llama Albita y que su mamá es mi nuera, aunque se parece tanto a mi hermana Amalia cuando era joven, o a mi madre…

Tengo un plan. Escribiré, lo escribiré todo. Bastará con un cuaderno, un boli y tiempo. No sé cuanto tengo, pero el plan es genial, me digo.

Amalia, le digo a mi nuera que me mira sorprendida. Alguien pausa de inmediato la película…. Papá, ella es Martina, mi esposa ¿te acuerdas? dice el hombre de camisa de rayas… Julio, eso es…. Claro, le digo. ¿Me darías un poco de agua? Las luces se encienden, todos buscan algo que hacer. Amalia o Martina se apresura a ponerme un vaso de agua entre las manos… ¿Abuelo, puedo hacer algo por ti? pregunta Albita. Bebo varios sorbos y le sonrío. Sí, puedes, mi niña, sí puedes….

Desde ese momento Alba me ayuda con mis anotaciones. Ha buscado fotos de todos y las hemos pegado en mi cuaderno, “mi bitácora” la llamamos en secreto. Hemos anotado nombres, fechas, lugares.. De vez en cuando repasamos los nombres y ella me los pregunta, y si no me acuerdo, me dice la primera sílaba y yo pienso y pienso hasta que soy capaz de dibujar otra vez mi huella en la arena y recordarlo.

Sé que llegará un momento que no seré capaz de volver a dibujar mi huella, y mi mundo quedará completamente sumergido en el tsunami. Mi bitácora no servirá de nada entonces. O servirá de mucho. Será mi tabla de salvación, aunque no pueda entenderla, podré sobrevivir asido a ella.

Releeré esa primera página en que Alba ha apuntado con su prolija caligrafía “Este cuaderno pertenece a Pedro, mi abuelo. El hombre más maravilloso del mundo, y su objetivo es que él recuerde que lo queremos. Aunque nuestras caras le parezcan desconocidas, él para nosotros no lo es. Nunca lo será”

A veces, por las noches, pienso que tal vez llegará un momento en que no recuerde cómo leer, y mi bitácora ya no me sirva. Pero por la mañana, cuando Alba, me da un beso antes de salir y me pregunta si recuerdo nuestro secreto, me tranquilizo. Puede que yo algún día no lo recuerde, pero ella, ella siempre lo recordará por mí.

Bitácora – Segundo premio en el Certamen de Narrativa Breve Jorge Maldonado

El último beso – Primer premio en I Certamen Literario Entre Pueblos

En un momento la casa se revolucionó. Yo, que estaba haciendo la tarea de mates, me olvidé del uno que me estaba llevando cuando mamá apareció, teléfono en mano en la puerta de nuestro cuarto.

– La tía Adela – anunció con voz melodramática – Ha muerto.

. ¿La de la tortuga? – preguntó mi hermano

– Hugo, por favor, ¿te estoy diciendo que tu tía ha muerto y sólo te acuerdas de la tortuga? – preguntó mi madre entre sollozos

– Sabes que yo me las confundo. Hace años que no la vemos. Y no es mi tía, es la tuya….

– Siempre tan insensible como tu padre – reprochó mi madre moviendo el teléfono de arriba abajo amenazante. – No me importa lo que digas, nos vamos al pueblo.

– ¿Qué? ¿Ahora? – gritó mi hermano.

– En cuanto prepare los bolsos

– Pero si yo había quedado con Lucas y Rocío, y además mañana tengo partido… ¿me vas a decir que nos vamos a pasar todo el fin de semana allí?

Mi madre cerró la puerta y taconeó digna por el pasillo sin responder siquiera. Estaba claro que nos esperaba un fin de semana de locura. Cuando mi madre y mi hermano están de uñas, el que termina recibiendo los arañazos por uno u otro lado soy yo.

– Yo no me acuerdo de la tía Adela – le digo en voz baja a Hugo.

– Lo mismo da. Nos obligará a ir a ese sitio, dormir en casa de la abuela Clara con el frío que hace allí, y pasarnos todo el fin de semana entre velatorio, funeral y cementerio….

Yo no sabía lo que era un velatorio, ni un funeral, y nunca había estado en un cementerio, por lo que sólo escuchar esas palabras me producía pavor.

Mi hermano, que pescó al vuelo la causa de mi palidez, pensó que podía usarlo a su favor.

– ¡Peor estás tú que eres el sobrino menor! – afirmó con voz de sabiondo.

– ¿Yo? ¿Qué quieres decir?

– Que como la tía Adela no tiene hijos, tú serás el que tendrás que cumplir con el rito del último beso….

– ¿El qué?

– El último beso… se nota que no sabes de estas cosas – mintió sin inmutarse – Cuando una persona se muere, el menor de sus descendientes, debe darle un beso en la boca justo antes de cerrar el ataúd… Jajaja… ¡Pobre hermanito! ¡Te ha tocado! ¡Te ha tocado!

Yo no tenía saliva ni para tragar, y la merienda había empezado a navegar libre por mi estómago.

– Pero no puede ser, Hugo…. Si yo ni la conocía

– Conocer la conocías, lo que pasa es que no te acuerdas… Si le habrás hecho renegar subiéndote arriba de su tortuga.

Vagamente la imagen de una tortuga en un patio de pueblo y mis pies pequeños pretendiendo usarla como patinete, vino a mi mente.

Comencé a llorar….

– Yo no quiero besar a una muerta por más tía que sea y por más tortugas le haya yo pisado – sollocé.

– Pues mal te veo…

Yo me eché en mi cama con las zapatillas puestas, sin temer que mamá me viera, y rompí a llorar contra la almohada.

– Aunque quizá, todavía hay una salida – dijo mi hermano al rato, como si acabara de ocurrírsele.

– ¿Sí? – pregunté yo incorporándome de golpe.

– Creo que podría funcionar….

– Dime, dime, dime…. Haré lo que sea….

– Antes de explicarte el plan tendremos que negociar mis honorarios….

– Vale, dime qué quieres, ¿mi mando  nuevo de la Play? ¿los cascos que me regaló papá?

Mi hermano negó con la cabeza.

– La semana que viene, cuando te lleve a baloncesto, iré acompañado por una chica. Primero: te mantendrás callado mientras vamos y venimos. Segundo: no le dirás ni pío a mamá.

Cerramos el trato con un rápido apretón de manos.

– Bueno, dime qué tengo que hacer…

– Debes convencer a mamá de que es mejor que este finde nos quedemos con papá. Que te duele la garganta, que tienes cantidad de deberes y que con el frío que hace en el pueblo, si te llegas a enfermar tendrás que faltar a los dos exámenes que tienes el lunes…

– Si yo no tengo ningún examen el lunes…

– ¿Tu quieres evitarte el último beso o no?

– Sí, sí, sí – aseguré enfáticamente

– Pues tú verás…

Me puse en pie, me fui al baño a lavarme la cara y respiré hondo. Tenía que convencerla.

Mi madre iba y venía en su cuarto, guardando cosas en el bolso que tenia sobre la cama.

– ¿Terminaste los deberes? – preguntó en cuanto me vio en la puerta

Negué con la cabeza.

– Me duele la tripa, la frente, y tengo mucho que estudiar…

Me tocó la frente durante uno de sus trayectos por el cuarto.

– Fiebre no tienes

– No sé, también me duele la garganta al tragar…

– ¿Será posible? ¿Justo hoy? – explotó con una pila de camisetas sobre el brazo

– Lo siento, má…. – pronuncié con mi mejor tono lastimero al que acompañé con una tos final. – Siento mucho lo de la tía Adela también – le dije y la abracé.

Esa fue la cereza sobre el pastel.

– Gracias, cariño… – dijo acariciándome la cabeza – Yo tengo que ir, la abuela no nos perdonaría…

– ¿Y si Hugo y yo nos quedamos con papá? Él iba a estar en su casa este finde….

Me miró dudando un poco.

– Es una buena idea, corazón. Pero tendría que hablarlo con él.

– No te preocupes, yo lo llamo – me ofrecí.

– Eres un sol

Sintiéndome un miserable entré en nuestro cuarto con el puño en alto.

– ¿Lo conseguiste, enano? ¿lo conseguiste? – estalló mi hermano.

– Creo que sí. Tengo que preguntarle a papá si puede.

– Eso ya está arreglado. Sabía que lo conseguirías y ya lo arreglé todo con él. Vendrá a por nosotros a las ocho.

Salté de alegría. Me daba pena mentirle a mamá, pero en cuanto me imaginaba colgándome de un ataúd abierto para darle un beso en la boca a una muerta, se me pasaba.

– Papá dijo que no hay problema, má. Que vendrá por nosotros a las ocho – le dije a mi mamá que justo entraba a nuestro cuarto con un bolso en la mano

– ¿Por vosotros? Será por ti. Tu hermano viene conmigo – aseguró pasándole el bolso vacío – Pon aquí lo que quieras llevar.

El rostro de mi hermano palideció tanto que empecé a creer que el enfermo era él.

– No, má. Yo me voy con papá también. Si el enano levanta fiebre o algo, será mejor que esté con ellos para ayudarle…

– Tú jamás ayudas cuando tu hermano está enfermo. Al contrario, te la pasas fastidiándolo y la fiebre le sube más todavía.

– Pero má, yo tenía que….

– Me da igual lo que tenías. Eres mi hijo mayor y debes acompañarme en este mal momento familiar. Ni siquiera saben que tu padre y yo… Imagínate si llego sola. Les diremos que tu hermano estaba malo y tu padre se quedó cuidándolo. Así no mentiremos y todos contentos.

– Todos contentos menos yo – murmuró por lo bajo mi hermano.

– ¿Qué dices? – preguntó mi madre con su tono “si te atreves a repetirlo te quedas sin videojuegos un mes”

– Nada, que en un velorio, muy contentos no estarán.

– Es una forma de decir… Venga, guarda tus cosas en el bolso. No hay discusión posible. Vendrás y punto.

– ¿Pero por qué?

– Porque lo digo yo.

Hugo y yo sabíamos que la respuesta “Porque lo digo yo” era definitiva, que no tenía vuelta atrás. Que hiciéramos lo que hiciéramos no cambiaría de opinión.

– Tú recuéstate en el sofá que ahora te doy unas gotitas y te tapo – me dijo.

Mi hermano me miró con odio cuando pasé por su lado mientras empezaba a arrojar cosas dentro del bolso.

Papá vino a buscarme. Abrazó a mi mamá consolándola y le dio unos golpes en el hombro a mi hermano.

– Acompaña a tu madre. Te necesita – dijo como si le estuviera hablando a un hombre.

Nos marchamos. Yo soñé todas las noches de ese finde con que estaba junto al ataúd, y cuando le iba a dar el último beso a la tía Adela, ella se incorporaba y con una risa maquiavélica me decía – Ven aquí, pequeño, te llevaré conmigo, trae a mi tortuga y bésala también…

Papá me tomaba la fiebre cuando despertaba a los gritos después de las pesadillas. Pero claro que no tenía. Ni dolor de garganta, ni tos, ni nada que estudiar.

Lo que sí tenía era un cargo de conciencia horrible al pensar que al no estar yo presente, el menor de los descendientes de la tía Adela sería mi hermano.

Me sentía tan culpable por haberlo condenado a tener que hacerse cargo del último beso, que pasé los días taciturno y lloroso.

– Querías mucho a tu tía Adela – afirmó mi padre el domingo por la noche cuando mamá estaba a punto de venir a buscarme.

Negué con la cabeza.

– Ni me acuerdo de ella – confesé.

– ¿Y te pone tan triste su muerte?

– No… es por Hugo…

– Cariño, la tía era muy mayor, Hugo no se morirá…

Asentí moqueando. Pero no me quedé tranquilo hasta que no vi la cara de odio con que me miraba mi hermano cuando vinieron a por mí. Al menos había sobrevivido al último beso. Respiré aliviado.

– Hugo, lo siento…. Habrá sido horrible – le dije cuando ya estábamos ambos acostados aquella noche

Silencio

–  El trato sigue en pie. El martes puedes venir a baloncesto con tu amiga. No diré nada a mamá.

Aunque no lo veía, sé que sonrió.

– Vale, enano, gracias – dijo. Y nos dormimos

Amenazas

Amenazas

Mi madre es de esas madres que amenaza, amenaza y amenaza con hacer cosas que uno sabe que nunca hará en realidad.

Por ejemplo te dice: “La próxima vez que dejes el baño todo mojado, te lo voy a hacer secar con la lengua” o “Si se te ocurre volver a pronunciar esa palabrota te voy a hacer lavar la boca con lejía”. Claro que esto no se lo cree nadie. Aunque tengas ocho años como yo. Cualquiera se da cuenta de que si te lavas la boca con lejía te quedas blanco como un fantasma, y a ninguna madre le gusta tener un hijo pálido. Porque en la puerta del cole les dicen: “Tu hijo está muy paliducho ¿lo has hecho ver?” Esas cosas a mi madre la enfadan un montón. Aunque sonríe y contesta un escueto “tienes razón”, después hace todo el camino de regreso a casa murmurando “pero quien se habrá creído esa metida… no sabré yo si tengo que llevar a mi hijo al médico o no”.

Por eso, en general, las amenazas de mamá, por repetidas y poco creíbles, caen en saco roto. No surten el efecto buscado. Al final, para provocar el efecto, termina dándote un coscorrón en la nuca o mandándote a la cama sin cenar.

Otra de sus típicas amenazas es: recoge tu cuarto, porque cuando entre, todo lo que vea en el suelo, lo arrojo por la ventana. Es cierto que en este caso, algún antecedente fuera de la regla general de amenazas vanas, teníamos.  Una vez me tiró por la ventana todos mis cromos repe de la liga. Y en otra ocasión, mi hermana tuvo que bajar a toda prisa a por su plancha del pelo, que milagrosamente sobrevivió a la caída y funciona bien aunque ahora hace mucho más ruido.

Hoy mi madre nos ha dejado solos porque tenía que ir a ver a los abuelos (he de decir que los abuelos están muertos, pero ella insiste en que va a verlos cuando los visita en el cementerio). Dejarnos solos, es en realidad dejarme al cuidado de mi hermana mayor.  Cosa que ella, se encarga de recalcar en cuanto mi madre cruza el umbral de la puerta para salir.

Hoy, ni bien mi madre se ha ido, mandó un whatsapp y a los cinco minutos Richi, el tonto de su novio, se presentó en casa.

– Enano, tú te pones a jugar a la Play y nos dejas en paz. No te mueves de la sala si no quieres que cuando llegue mamá me invente que has estado diciendo palabrotas y mirando vídeos de los que te tiene prohibidos.

No me pareció mal acuerdo. Me dejaban tranquilo en la sala, con el sofá y la play para mí solo en la tele grande.

Pero, como dice mi madre, la curiosidad mata al gato. Así que dejé pasar algo de tiempo, y fui a espiar lo que estaban haciendo encerrados en el cuarto de mi hermana, por una rendija de la persiana que da al balcón. Mucho no se veía, en verdad. Se los escuchaba reír, y mi ángulo de visión sólo me permitía atisbar las bragas de mi hermana tiradas en el suelo.

En ese momento, la llave de mi madre girando en la puerta hizo que me volviera corriendo a la sala y cogiera el mando de la play.

– ¿Tu hermana? – preguntó oliendo el ambiente como un sabueso. Sospechaba algo.

– Estudiando – respondí – me ha dicho que no la molestemos que mañana tiene examen de mates y debe concentrarse.

Me vi en la obligación de cubrirla. Si mi madre entraba en el cuarto y veía las bragas tiradas en el suelo, las arrojaría por la ventana, y resultaría muy vergonzoso para mi hermana tener que ir a recogerlas a los jardines.

Por supuesto, que mi madre hizo caso omiso a mi advertencia, y fue directo al cuarto.

– ¿Por qué has trabado la puerta, Ana? ¡Ábreme de inmediato!

Se escucharon algunos movimientos rápidos al otro lado y mi hermana abrió con su mejor cara de inocencia

– ¡Qué pronto has regresado, mamá! –  dijo sin terminar de abrir la puerta y encajando dos sonoros besos en las mejillas de mi madre.

Mi madre empujó la puerta y entró al cuarto. Yo, detrás de ella. Todo parecía en orden. Las bragas de mi hermana ya no estaban en el suelo y del tonturrón de su novio, no había ni rastro.

Mi madre le dijo que era la última vez que se encerraba y volvió muy digna a la cocina.

Mi hermana y yo nos miramos y ella se llevó un dedo a los labios mirándome entre agradecida y amenazante.

Yo sabía que el tal Richi no podía haberse esfumado, por lo que tenía que estar debajo de la cama, no había otro sitio posible.

– Una vez, mamá me tiró todos los Lego porque, por no guardarlos, los metí debajo de la cama. Ten cuidado – le advertí mirando hacia adentro.

– Gracias, enano – dijo simplemente.

Estoy seguro de que aquella noche, cuando me fui a dormir, a juzgar por lo nerviosa que estaba mi hermana, su novio seguía bajo la cama.

No sé cómo terminó aquello, porque me quedé dormido. A veces creo que mi hermana encontró la forma de distraer a mamá y hacerlo salir. Pero otras, casi estoy convencido de que mi mamá lo descubrió y lo arrojó sin dudar por la ventana.

Porque lo cierto es que el chaval, desde aquel día, no ha vuelto a pisar nuestra casa.

 

Escrito para los Viernes Creativos a partir de un dibujo de la página Petites Luxures.

Bitácora – Segundo premio en el Certamen de Narrativa Breve Jorge Maldonado

Jauría

La jauría se disputa las piernas de la víctima, mientras el resto del cuerpo ha quedado en la cima a merced de las aves de rapiña. A dentelladas, van dejando al descubierto los huesos grisáceos. Los hocicos se hunden en la ciénaga roja para volver a emerger y olisquear el aire, como esperando detectar a la siguiente presa. La nieve es un tapiz rosado sobre el cual las figuras se mueven acompasadas, tironean hasta desprender y el impulso las obliga a flexionar las patas traseras para evitar perder posición.
Omar no las ve. Abrazado a una rama tan lejana del suelo como le es posible, cierra los ojos con fuerza. La frente fruncida sobre las cejas no deja ingresar una sola imagen, ni una luz, ni un atisbo de color. Así, quisiera tener párpados en las orejas, ya que las manos están ocupadas.
Si los viera, tendría la certeza de que ya detectaron su presencia, de que sólo se demoran en lo seguro, regodeándose de antemano en lo que sin duda llegará. Pero sólo puede sospecharlo, y su sospecha está fundada con razón en los repentinos silencios, en la interrupción unísona con que levantan la cabeza y permanecen tiesos una fracción de segundo, para después retomar de inmediato la faena.
Como no se anima a abrir los ojos y mirar hacia abajo, Omar prefiere pensar que sus piernas flexionadas están lo suficientemente altas, que no podrán convertirse en blanco fácil de las garras y mandíbulas.
Percibe que el trajín se ha redoblado, seguramente con la llegada de otros ejemplares atraídos por el olor. Y apenas si se anima a respirar temiendo que sus fosas nasales se llenen de esa misma fetidez inodora de la sangre.
Presume que los recién llegados han contribuido con su parte al festín, ya que las disputas se multiplican a uno y otro lado. Y parece haber dos bandos bien diferenciados a izquierda y derecha de su rama.
Sus piernas, escasamente abrigadas por la tela desgarrada, han empezado a congelarse. O esa es al menos su conjetura, al no percibir su peso. Al igual que sus manos, que tal vez estén aferradas a la corteza a través de los guantes, o tal vez estén intentando tantear el vacío en sus piernas.
Refuerza la persiana sobre sus ojos cuando el sonido ineludible de las uñas clavándose en la madera, le llega apenas disimulado entre chasquidos de mandíbulas cerradas con fuerza.
El fuego, que hasta hace un momento le quemaba la garganta, se ha apagado ahora, a causa del aire congelado que ha comenzado a circular por su tráquea, entrando por algún orificio que no puede identificar, llenándole la boca hasta obligarlo a exhalar.
Cuando Omar empieza a entender que no podrá aguantar más tiempo en esa posición, que tarde o temprano terminará cayendo para convertirse en carroña; un sonido recién estrenado, le obliga a cambiar de opinión. Las patas enterrándose en la nieve, parecen alejarse, y con ellas el murmullo de la jauría.
Deja pasar un tiempo y aguza el oído tanto como le es posible. Nada, apenas el viento que baja desde la cima, en remolinos acompasados.
Ordena a sus músculos deslizarse por el tronco, y la reacción no llega. Cree tener las extremidades congeladas. Lo intenta sin resultado una y otra vez. Se niega a aceptar que la cabeza solitaria que cae rebotando contra el manto de nieve, es la suya.

Bitácora – Segundo premio en el Certamen de Narrativa Breve Jorge Maldonado

Instrucciones para construir un atrapacuentos

Se toma una hoja blanca con renglones barrotes, y una puerta en el margen superior. La disposición de los barrotes resulta adecuada si no se quiere advertir de la maniobra al cuento en cuestión.

Se desgranan unas letras a modo de migajas, desordenadamente. Es importante no mantener un patrón, ni un diseño estructurado.

Se silban melodías inexactas apoyando los labios en un doblez aleatorio del papel.

Se invocan pensamientos absurdos, imágenes fuera de lugar, soles revueltos con cuchara, pájaros en una jaula sin rejas, árboles de raíces invertidas.

La clave de un buen atrapacuentos radica más en su utilidad que en su diseño. Por eso, a la hora de ensamblar el aparato, todo vale. Imanes para atraer ideas metálicas, pegamento de secado instantáneo, lombrices enroscadas, suelos falsos que no puedan ser advertidos a la distancia, y hasta anuncios encabezados con el vocablo recompensaré.

Se ha sabido de cuentos que se han dejado atrapar con el truco simple de un terrón de azúcar en la mano, o con la promesa de una buena siesta después de mucho andar sin sentido.

Pero también los hay de aquellos que se trepan a la rama más alta y cantan sus mejores melodías sin siquiera mirar hacia abajo.

Aquellos que no prestan atención al mejor atrapacuentos que se pueda construir, y permanecen durante largos períodos rondando el comedero, atravesando la arbitrariedad de los sueños, haciéndose ver apenas para salir volando en dirección al sol, y encandilar a quien pretenda descubrir su escondite.

En esos casos, se recomienda alternar la construcción de atrapacuentos, con paciencia. Darle celos al rebelde escribiendo un cuento dócil, que se deslice sin objeciones entre los barrotes; y en el momento más inesperado, girar la cabeza de golpe.

Seguramente estará allí, mirando curioso sobre el hombro, el devenir de otra historia. Y será el momento de enlazar su cuello, tenderlo de espaldas y hacerle cosquillas, o maniatarlo, o sacudirlo en el balcón sosteniéndolo firmemente.

Después, sólo es cuestión de saberle mostrar una cinta que romper al final de la hoja. Una meta inexcusable a la cual más tarde o más temprano necesite llegar, para rasgarla con los brazos en alto, y echarse a descansar en un terreno en el cual, ya se hará inalcanzablemente ajeno, otra vez.

Bitácora – Segundo premio en el Certamen de Narrativa Breve Jorge Maldonado

Literal

Había empezado por comerse las eses. Las recortaba cuidadosamente de la página que estaba leyendo, y de uno o dos bocados las tragaba casi con respeto. Es que sus maestros le habían dicho «Tragarse las eses es cosa seria», y por eso lo había convertido en una pequeña ceremonia.

Como cuando alguien le pedía la hora. Tomaba un día, lo partía en veinticuatro partes exactamente iguales, y escogía una para entregársela al que la había solicitado. Más ardua resultaba la tarea cuando le reclamaban apenas unos segundos, pero gracias a la práctica, se las ingeniaba bastante bien para cortar en tres mil seiscientas porciones alguna de las veinticuatro horas conseguidas.

A pesar de que no muchos parecían entender sus lógicas actitudes, intentaba no preocuparse demasiado por la incomprensión ajena. «No les prestes oídos», le había aconsejado alguien. Por eso, procuraba llevar las orejas siempre bien abrigadas y pegadas a los costados de la cabeza, para que nadie pudiera pedírselas prestadas.

Cuando en el ascensor entablaba una conversación casual acerca del tiempo, sus circunstanciales interlocutores terminaban dudando de su cordura. Si como usted asegura, el verano está loco, es necesario encerrarlo en un manicomio de inmediato, aseveraba con seriedad. En general, el ascensor se vaciaba entre risas contenidas y miradas recelosas, y se quedaba hablando solo. Entonces sacaba su calculadora de bolsillo y le restaba importancia al asunto.

Así hubiera transcurrido su vida entera, si una tarde no se la hubiese cruzado en el parque. Estaba intentando matar dos pájaros de un tiro, como le había sugerido un amigo, pero no lograba que ambas aves permanecieran alineadas durante la fracción mínima de tiempo que necesitaba para actuar. Tan concentrado se hallaba en sus maniobras, que no notó la presencia de ella hasta que resbaló al pisar la alfombra de pétalos que se amontonaba a sus pies.

– ¿Qué haces? – le preguntó al ver su cara triste.

– Estoy deshojando margaritas – respondió ella.

Él no se atrevió a hacer más preguntas. Ni siquiera para averiguar qué era lo que procuraba al inundar el césped de pétalos blancos.

– Debería arrojárselas a los cerdos. Pero me recomendaron que no lo hiciera – intentó explicar ella.

Él se quedó mirándola. Disfrutando de sus movimientos leves, de la simplicidad con que justificaba su proceder.

– ¿No me vas a decir nada? – preguntó ella.

El se inclinó hasta que su cabeza quedó visible para ella.

– Tengo la mente en blanco, le dijo señalándose más allá del flequillo, para que lo corroborara con sus propios ojos.

Ella extrajo de su bolso un papel y anotó una fórmula.

– A mi me pasa cada dos por tres – le contestó mientras exhibía la hoja con los números prolijamente dibujados y el resultado debajo de una línea.

Él, por primera vez en su vida sintió que había hallado un alma gemela, y para asegurarse, desempolvó la suya sobre un banco del parque y le pidió a ella que lo imitara. Las compararon, eran exactamente iguales.

Desde entonces fueron inseparables. Se encontraban por las tardes, en el sitio de siempre. Él la veía llegar y se colgaba una dentadura postiza de las pestañas para poder comérsela con los ojos. Ella, que en general llegaba tarde, traía a causa de la carrera, el corazón en la boca. Lo extraía de debajo del paladar y volvía a acomodárselo en el pecho, antes de sentarse a su lado para ver pasar el tiempo. Esa era una de las actividades preferidas por ambos. Provistos de prismáticos, atentos a cada detalle del desfile, veían pasar el tiempo y hasta a veces, lo seguían por el sendero de grava hasta los límites del parque.

Al tiempo, ya empezaron a aburrirse de sus ritos habituales: papar moscas persiguiéndolas periódico en mano hasta tenerlas dominadas, construir puentes y conseguir hacer correr agua bajo ellos; o tomar dos o tres nueces y aplastarlas mientras gritaban para generar mucho ruido.

Entonces, se fueron sucediendo los primeros desencuentros: se citaban a una hora determinada al lado de la fuente; y por más que los dos concurrían puntuales, no se reconocían. Y eso desencadenaba la siguiente discusión una vez que lograban encontrarse. Ella llegaba provista de una gran cantidad de puntos, y le exigía que desplegara en el césped sus íes para colocárselos encima. Él, con una corona muy pequeña  colocada en la cabeza, le hacía saber, señalándola, que lo tenía hasta ahí mismo.

Hubo una tarde en que se subieron a uno de los botes del lago y empezaron a tirar todas las pertenencias por la borda.

– Esto es lo que a ti te importa – reclamó ella mientras tiraba un pito al agua.

El se colocó un traje de buzo y se arrojó al lago. – Mi tiempo es dinero y me lo has hecho perder – le dijo antes de sumergirse – voy a buscarlo.

Ella salió remando contra la corriente, y cuando estuvo en tierra firme averiguó cual era la ferretería más cercana para comprar pegamento. Tenía el corazón partido en dos.

Él, después de buscar infructuosamente su tesoro, se liberó del lastre que le colgaba de la cintura y pataleando con vigor, salió a flote.

Se reencontraron en una ocasión, varios meses después, cuando ambos se habían sentado al pie de la misma letra. Él, con un gato bajo el brazo, le comentó que se lo habían hecho pasar por liebre. Ella, conmovida por su mirada triste y la pregunta que repetía insistentemente, acarició al felino y se encargó de ponerle el cascabel.

De inmediato, él acercó un recipiente con agua, y sosteniéndose el mentón con ambas manos, puso su barba en remojo. Mientras, ella sacó de su bolso una goma de borrar y comenzó a frotársela sobre la cabeza.

Olvidadas las diferencias, borroneadas las antiguas cuentas, todo les pareció igual que entonces. Dibujaron un enorme cero en el suelo y partieron de él.