Imprevisto

Imprevisto

Fue dos o tres años antes de que la muerte por causas naturales se diera por erradicada. Él siempre había sido una persona con visión de futuro, un emprendedor nato. Y le resultaba muy claro que el futuro era un escenario limpio de enfermedades. De todo tipo de enfermedades. El cuerpo envejecería, sí, pero libre de esos males que podían terminar por minar por completo la energía. De hecho, ya para entonces, cuando aún quedaban sueltos algunos hilos y los cánceres más rebeldes seguían dando guerra y aún quedaban corazones plausibles de ser atacados por enfermedades cardiovasculares, para él estaba claro. Los médicos pronto estarían de más. Sí, estaba esa adecuada y oportuna teoría de que la medicina daría un vuelco completo hacia la prevención, pero claro, era evidente que por más abrupto que fuera el vuelco, iban a sobrar profesionales en el área, y que no faltaba mucho para que ese momento llegara.

Él, gracias a su depurada visión de futuro, supo que no podría resignarse a pasar al grupo de colegas que cambiarían de bando. De luchar contra las enfermedades, pasarían a aliarse con ellas, a convencerlas, a utilizar las dotes diplomáticas, para evitar que presentaran guerra. Y él que estaba acostumbrado a las luchas cuerpo a cuerpo, a las batallas ganadas en el campo y no en los despachos diplomáticos, sabía que no aceptaría, que no podría, que no sería nunca capaz de alinearse en ese tibio y pueril movimiento que los medios de comunicación, empezando a preparar a la opinión pública para un futuro ya no tan lejano, habían dado en llamar medicina preventiva.

Fue entonces cuando empezó a elaborar su proyecto. No se puede decir que haya sido un momento. Que en un destello de genialidad, hubiera concebido la idea, sin más. Fue más bien una sucesión de pensamientos, sueltos, inconexos, que de a poco fueron tejiendo la trama, que fueron delineando en su mente la idea única y concreta: llegado el momento se cambiaría de bando, sí. Pero no hacia el eufemismo de la derrota que iba a ser aquello de la medicina preventiva. Él seguiría en la lucha. Él tomaría un camino que le permitiera sentirse orgulloso de su tarea, que le permitiera sentir que estaba brindando a la sociedad, algo necesario. Y era su visión lo que le permitía estar seguro de que lo que en el futuro haría falta, serían asesinos.

Fue así como nació la idea de montar una empresa de servicios saneatorios, que sonaba bastante aproximado a sanitarios, aunque lejos estaba de parecerse. Los servicios saneatorios, consistían básicamente en ayudar a la sociedad a sanear el superávit poblacional en el que obviamente caería más tarde o más temprano. Ofrecía entonces todo tipo de asesinatos por encargo, accidentes, circunstancias fabricadas, trampas o emboscadas ejecutadas por profesionales y con total limpieza. Ese era el lema de su empresa “Saneamos limpiamente”.

Desde que concibió la idea y montó la empresa hasta el momento en que empezó a ver los primeros beneficios, pasaron casi tres años. Tiempo durante el cual, la medicina aseguró la cura de todas las enfermedades existentes y las por venir; mientras la sociedad empezó a ver con ojos menos críticos, en algunos casos, los procedimientos no naturales para provocar la muerte.

Fue una evolución paulatina, como dos ríos paralelos que al cabo de ese tiempo unieron sus cauces para desembocar juntos en un mar propicio.

Y el mar propicio, hizo de su empresa de Servicios Saneatorios un éxito comercial de dimensiones imprevistas. Recibían encargos de todo tipo, y siempre los llevaban a cabo después de un estudio concienzudo de cada caso, que permitiera determinar si realmente era necesario llevar a cabo el servicio. Porque no mataban por matar. No. Eso hubiera quedado fuera de sus objetivos. Lo hacían cuando había una justificación, cuando la muerte aseguraba un lugar libre a ser ocupado por otra persona.

Él, pronto descubrió que como buen médico que había sido, era capaz de diseñar métodos efectivos y concienzudos, que nunca dejaran a la víctima en posibilidad de hacer otra cosa que no fuera morir. Es decir, se trataba de muertes rápidas, limpias y precisas. Porque bien sabido era, que un herido, siempre era recuperable por los refinados procedimientos médicos conocidos para entonces. Y un herido recuperado, se convertía sin duda en una fuente de rencor y de venganza hacia sus agresores, lo cual hubiera terminado por dañar definitivamente las bases mismas de la convivencia en la sociedad.

Las pautas eran claras, los clientes presentaban su pedido, su empresa estudiaba cada caso, y si lo aprobaba, se encargaba de llevar a cabo el asesinato de una forma concisa y sin dejar cabos sueltos.

Pronto, hubo otros que vieron el filón, y comenzaron a proliferar empresas de servicios saneatorios, claro que ninguna alcanzaba la calidad profesional de la suya. O eso era al menos lo que siempre había pensado.

“Falsos expertos” solía pregonar en las juntas de directorio que periódicamente mantenía con sus colaboradores de confianza. “No tienen los conocimientos, las herramientas, ni la delicadeza para llevar a cabo con calidad una tarea tan complicada”

Siempre había descalificado a la competencia. Siempre los había considerado ineptos Siempre los había juzgado como inferiores. Y tal vez su problema fue no darse la posibilidad de estudiarlos realmente.

Por eso, llegado el momento, cuando un destacado profesional que trabajaba para la competencia, le tendió una emboscada limpia y efectiva, se vio sorprendido por la muerte sin tener tiempo a nada. Cuando la trayectoria de una bala está milimétricamente calculada, no suele dejar resquicios abiertos. Aunque hubiera querido ser capaz, hubiera querido tener el mínimo de tiempo necesario, como para tentarlo con un abultado salario y un importante puesto en su propia empresa. La calidad y profesionalidad de aquel hombre, sin duda, lo ameritaban.

Doble vida – Primer Premio en el XX CERTAMEN DE RELATO CORTO FRIDA KAHLO DE RIVAS

Doble vida – Primer Premio en el XX CERTAMEN DE RELATO CORTO FRIDA KAHLO DE RIVAS

El día en que mi padre murió, nadie vino a buscarme a la escuela. Me quedé sentado en la escalinata de la entrada cuando ya todos se habían marchado. Esperando. Podría haberme asustado, pero no lo hice. Solo me puse un poco nervioso. Saqué mi goma Milán blanca del estuche y me la fui comiendo a pequeños mordiscos. Siempre lo hacía cuando algo me perturbaba. Y que mi madre se hubiera olvidado de mí, era bastante perturbador. Cuando me la acabé, evalué la posibilidad de seguir con la Milán rosa, pero no sabía a nata como la blanca. Ni siquiera a fresa. Era más áspera y se te quedaba pegada a la garganta sin terminar de subir ni bajar. Ya lo había intentado en otras ocasiones.

Era de noche cuando mi abuelo llegó agitado, con cara preocupada y me abrazó sin decirme nada, justo cuando estaba a punto de terminarme el Faber HB más pequeño.

No me llevó a casa. Dijo que mamá me explicaría todo en cuanto pudiera y me dejó con mis primos y la chica que los cuidaba en casa de mi tía.

Para cenar había salchichas con patatas. Yo me sentía incapaz de tragar nada. Ya me había tragado las gomas, las lágrimas, los lápices, los silencios, y las caras de pena con que todos me miraban. La chica aquella, insistía en que debía comer para poder ser fuerte.

Pasaba algo grave que no me querían decir. Algo que me afectaba directamente a mí. Esa era la única explicación para tanto misterio y tanta conmiseración.

Toni, mi primo mayor, que pasaba de la niñera, me dijo que lo acompañara a comprar tabaco y salimos a escondidas por la ventana de su cuarto.

– ¿De verdad fumas? – pregunté yo admirado.

– A veces – dijo encogiéndose de hombros como quitándole importancia.

En aquella época era normal venderle tabaco a un menor, por lo que no necesitó disimular su acné adolescente para hacerse con un paquete de Marlboro y una caja de cerillas.

Me llevó al parque y sentados en un banco, se terminó el primer cigarrillo antes de contarme lo que había sucedido. No lloré. Solo deseé no haberme comido mi goma Milán blanca para poder volver a hacerlo y borrar todo aquello.

Mi primo me puso un cigarrillo entre los labios y me dijo que aspirara.

El ataque de tos me duró media hora. Pero gracias a eso había tenido algo en qué pensar que no fuera el cuerpo rígido de papá sobre el asfalto de una ruta lejana. Toni me llevó de regreso a su casa y me regaló el paquete de Marlboro y las cerillas. Yo los escondí al fondo de mi mochila y me fui a dormir con los pequeños.

Los días siguientes los tengo borrados. Sé que me vistieron de negro. Sé que vi por última vez a mi padre, cuando ya no era mi padre. Tenía los ojos cerrados y la barba crecida. Sé que me comí una a una las cerillas masticándolas a escondidas entre rostros llorosos y palabras que no comprendía.

Sé que guardé esa imagen de papá que querría no haber visto, en la caja vacía de cerillas.

Sé que fue por aquel entonces cuando comencé a fumar. Por más que lo intentaba, no conseguía comerme los Marlboro. Por lo que probé y probé hasta que logré no toser como loco y aprendí a exhalar el humo con cierta gracia. O con lo que yo pensaba que era cierta gracia, pero que en realidad era una mala imitación del ritual con que mi padre se fumaba su cigarrillo de después de la cena. Salía al balcón, golpeaba el pitillo contra la parte superior de la reja, apoyaba ambos codos en ella, y accionaba su encendedor dorado con un movimiento rápido y preciso del pulgar. Luego, el punto naranja se agrandaba en la oscuridad, y el humo lo envolvía dándole un toque de misterio.

Yo lo observaba desde la sala, porque mamá no me dejaba salir con él al balcón si iba a fumar. Supongo que él no sabía que yo lo estaba mirando, porque a veces se quedaba absorto en un punto perdido sobre los edificios de enfrente, y cuando al aspirar, el resplandor anaranjado iluminaba sus facciones, veía algo parecido a la tristeza en ellas. Hubiera dado cualquier cosa por saber descifrar lo que escondía esa mirada. ¿En qué piensan los padres cuando creen que no los estamos mirando?, me preguntaba. Y me lo sigo preguntando. No sé en qué pensaría mi padre en aquellas noches a solas con su pitillo en el balcón. Y ya nunca podré preguntárselo.

Mamá no se dio cuenta de que fumaba hasta casi un año después. Ocupada como estaba en evitar llorar en mi presencia, en parecer animada, en hablar interminablemente con mi abuela por teléfono, en trabajar horas y horas, en sacar de casa las cosas de papá cuando yo no estaba presente; no reparó en que algunas monedas se escapaban regularmente de su cartera. Ni en que me lavaba los dientes más que de costumbre intentando disimular el olor.

Fue también en esa época cuando probé la tinta de los Bic. Mis preferidos eran los azules con tapa blanca. Los anaranjados sabían demasiado amargos, pero los azules tenían un sabor casi dulzón al principio, que se expandía por la boca con pequeños tintes ácidos después.

Apelaba a ellos cuando estaba solo en casa. Porque necesitaba un par de horas y varios litros de agua para sacarme el color azul de la lengua. Pero valía la pena. En esas ocasiones aprovechaba también para hurgar entre las cosas que mi madre guardaba en la parte superior del armario de su habitación.

Buscaba las fotos de mi padre que habían desaparecido de las paredes, de la biblioteca y de los cajones donde solían a ir a parar después de andar rodando un tiempo por la casa.

No encontraba las fotos, pero encontraba algunas cosas interesantes: cartas que se habían escrito siendo novios, folletos de viajes que ignoraba si habían hecho alguna vez, una servilleta de papel plegada y amarillenta con un corazón dibujado… También hallaba cosas tan tontas como  una colección de dientes pequeños (presumo que míos) metidos en una cajita de plástico, unos patucos ridículos de color rosa (estos no serían míos, supongo), mi cartilla de las vacunas…

Me costó varias tardes dar con aquellos papeles metidos en una carpeta  marrón. Al principio no entendí nada. Una cantidad considerable de hojas escritas a máquina, sellos, firmas, y un lenguaje que no lograba comprender, como si estuvieran escritas en otro idioma. Si insistí en leerlas fue porque en todas ellas se mencionaba una fecha, la fecha en que probé por vez primera el tabaco, la fecha de la muerte de mi padre.

Después de leerlo varias veces ayudándome de un diccionario para entender algunas palabras imposibles, supe que lo que se narraba en esas hojas era la muerte de mi padre. Los detalles del accidente aquel que nadie me había querido dar. Querían ahorrármelos, decían. Cuando lo que yo necesitaba era consumirlos, gastarlos de cabo a rabo, conocerlos. Pero de ninguna manera, ahorrarlos.

Una fotografía del coche de mi padre retorcido por la mano de un gigante impiadoso. El maletero o lo que había sido en su día el maletero, estaba junto al motor, que asomaba por debajo del capot abierto, como si el coche estuviera sacando la lengua en una absurda mueca de burla.

Sé que aquel amasijo retorcido era el maletero, porque de él colgaba la cola de mi cometa. Esa que papá siempre llevaba en el coche. Para poder remontarla en cualquier momento, cuando hubiese algo de aire, decía. Eso era algo que jamás habíamos hecho, por lo que supongo que la llevaba allí porque mi madre había vetado la entrada de “otro armatoste más” a la casa y la cometa, que había sido idea de papá, no llegó nunca a adquirir el estatus de verdadero juguete.

Adivinar su colorida cola entremezclada con los restos del coche de papá, me hizo pensar en cuántas cosas no habíamos podido hacer juntos. Nunca habíamos remontado aquella cometa, a la espera de que llegaran los buenos vientos y nunca le había preguntado en qué piensan los padres cuando creen que no los miramos.

Ahora, desde mi mirada de adulto, sé que la lista de cosas que no pude hacer con mi padre, los momentos de mi vida en los que no me pudo acompañar,  todo aquello que nunca hemos podido decirnos, son muchísimo más importantes que una cometa no remontada o una pregunta absurda cuya respuesta hubiera sido seguramente “en nada”,  nunca formulada. Pero en aquel momento esas dos pequeñas certezas se convirtieron en un mundo para mí.

Mamá estuvo a punto de pillarme con las cosas del estante alto del armario desparramadas sobre su cama.

Justo a tiempo conseguí guardarlo todo, sorberme los mocos, enjugarme los ojos con la camiseta y esbozar una sonrisa insostenible cuando mamá terminó de girar la llave y entró en casa.

Algo se olió, y no fue el tabaco.

– ¿Qué tienes en la boca? – dijo.

Yo me llevé la mano a los labios y mis dedos manchados de azul me dieron la respuesta. Ocupado como había estado, no había terminado de limpiarme la tinta del Bic.

– Nada, se me rompió un boli – dije. Y con la excusa de quitarme la tinta, me pude meter en la ducha antes de que mi madre sospechara nada.

Tenía doce años. Aquella noche empecé a comerme sin  medida la pasta de dientes.

Me llevó varias tardes terminar de entender esos detalles que me habían querido ahorrar. Tal vez, en lugar de bebérmelos de golpe debí guardarlos en mi hucha hasta que llegara el momento de gastarlos. Pero no lo hice.

Después de preguntarme si la sangre contiene alcohol, y qué importaba cuánto había en la de mi padre, si total, estaba toda derramada sobre el asfalto, según se veía claramente en una de las fotografías; hallé la respuesta en una noticia del telediario. Hablaban de controles de alcoholemia. Eso me dio pie para preguntar con mirada inocente qué quería decir. Mi madre me lo confirmó intentado sonar natural y sin mirarme a los ojos.

Mi padre había muerto seguramente por su propia imprudencia y no había muerto solo. Con él, viajaban una mujer y un niño de cinco años, que habían corrido su misma suerte.

¿Quiénes eran esas personas?, me preguntaba en silencio. ¿No se suponía que mi padre estaba en un viaje de trabajo en el norte del país? ¿Por qué había muerto en una carretera cercana a nuestro pueblo y llevando en el coche a dos personas desconocidas para mí?

Seguí buscando respuestas en el infinito contenido del estante alto. Cuanto más hurgaba, más papeles encontraba. Algunos los descartaba porque no me parecía que fueran a darme ninguna pista. Otros, los leía de cabo a rabo sin entender prácticamente nada. Y otros… tal vez hubiera sido mejor no encontrarlos.

Estaban dentro de un sobre blanco y eran unos cuantos, Se trataba de noticias de periódico recortadas prolijamente.

Varios diarios se habían hecho eco del accidente de papá. Seguramente porque iba bebido y porque junto a él habían muerto más personas. Pero lo que no entendía era por qué titulaban la noticia como “Trágico fin para una familia” o “Conductor ebrio se mata junto a su propia familia”.

¿Cómo que su familia? Su familia éramos mamá y yo. Estos dos seres perdidos desde su muerte. Su familia éramos quienes lo habíamos llorado y lo seguíamos llorando en secreto casi un año después. Nosotros habíamos sido y seríamos siempre su familia. ¿Por qué esa gente que no sabía nada de mi padre aseguraba que había muerto junto con su familia? ¿Por qué, si nosotros seguíamos vivos, aunque no lo pareciera, aunque a veces pensara que mi madre preferiría estar muerta?

Cuando me decidí a hacerle todas estas preguntas, tuve que pasar por el mal trago de confesar a mamá mis pesquisas. Mal trago que para el que cogí fuerzas comiéndome con fruición un buen número de sus toallitas demaquilladoras

El mal trago lo pasé, mamá lloró por primera vez ante mí. No sé si por remover malos recuerdos o por la decepción de saber que había estado hurgando en sus cosas. Pero pasar el mal trago no me respondió ni una sola de mis preguntas. Mamá me aseguró que no sabía quiénes eran la mujer y el niño que lo acompañaban y que tampoco entendía por qué había bebido cuando era algo muy poco habitual en él. Eso después de negarlo inicialmente. De intentar hacerme creer que era un error de la prensa, y no sé cuántas tonterías más. Tuvo que admitir que todo aquello no se trataba de un gran error cuando le dije podía tener solo doce años, pero que no era tonto. Y que me merecía conocer la verdad.

– Pues la verdad es esa, cariño. Que tu padre murió junto con una mujer y un niño. Que ellos eran su familia. Y que no sé más.

– ¿Pero entonces nosotros qué éramos? ¿Qué somos? – dije desesperado sin poder contener el llanto.

Pensé en la cola de la cometa asomando desde el maletero aplastado y comprendí que esa cometa nunca había sido mía. Que era de su otro hijo, el de la otra familia, y que con él seguramente la había remontado millones de veces y que a él le había confesado en qué piensan los padres cuando creen que no les ves.

Mi madre me abrazó y balanceó mi cuerpo sobre su regazo como hacía cuando era pequeño y me hacía daño en una caída. Lloré y lloré hasta quedarme dormido.

Cuando desperté, acurrucado en la cama de mamá, junto a su cuerpo tibio, estaba amaneciendo. Me levanté sigiloso para no despertarla y me encerré en el cuarto de baño. Trozo a trozo me comí por completo el rollo de hilo dental.

 

 

La adolescencia fue un terreno farragoso lleno de cuestas imposible de escalar. Siempre estaba rodando por sus laderas. Cayendo, cayendo. Como si el valle al que debía llegar, no hubiera sido inventado aún.

Lo del tabaco ya pasó a ser cosa de todos los días. Mi madre no había tenido autoridad para prohibírmelo. Su autoridad resultó mojada el día en que con quince años le contesté que mi padre nunca me hubiera prohibido fumar porque él mismo lo hacía desde pequeño. Por más que luego intentó colgar su autoridad en la soga de la ropa junto con mis camisetas negras para que se secase, nunca consiguió recuperarla. Desde aquel día no solo fumé, si no que lo hice abiertamente en su presencia sin importarme lo que le molestara el humo o el olor.

– Tu padre al menos lo hacía en el balcón – intentaba disuadirme.

– Mi padre era tan bueno que te consentía demasiado tus estupideces – contestaba yo en un tono inadmisible.

A los quince ya no comía gomas Milán, ni Fabers, ni Bics, ni pasta de dientes, ni tohallitas, ni hilo dental. Desde que estaba en el instituto mis gustos habían ido cambiando hacia sustancias más sofisticadas que me procuraba con cierta facilidad y gracias a los asaltos indisimulables a la cartera y a los ahorros de mi madre.

Ella oscilaba entre  amenazarme con dejarme en la calle y rogarme entre llantos que no le hiciera aquello, que dejara de consumir esa basura. Así lo decía, “esa basura” y yo me reía de ella y esa manía que tenía de montar dramáticas escenas y lloriquear por todo.

Cuando los ahorros de mi madre se acabaron y el dinero que entraba en casa no daba para mantener mi tren de vida, dejé el instituto y decidí ponerme a trabajar. Ese era el eufemismo con que llamaba al hecho de haberme convertido en camello.

Hoy, después de más de veinte años, no soy capaz de recordar detalles de esa época oscura de mi vida.

Una cosa fue llevando a otra y como era de prever, terminé en la cárcel.

Aunque no sea lo más usual, en mi caso, ese período sin libertad, sirvió para sacarme de un círculo vicioso del que parecía imposible salir.

Fueron unos diez meses. Los suficientes como para replantearme muchos de los errores cometidos. Diez meses durante los cuales mi madre no me abandonó ni un momento.

No le importaba esperar horas para poder verme unos minutos. Había conseguido un trabajo extra con que pagar a mi abogado. Y me repetía una y otra vez que me sacaría de allí.

Lo consiguió al fin y como muestra de gratitud para con ella y porque le había visto las orejas al lobo, supongo, dejé de consumir.

No puedo decir que me haya convertido en un hombre de bien. No sé qué es un hombre de bien. ¿Mi padre lo era? Quisiera pensar que a pesar de su doble vida, sí lo era. No soy quién para juzgarlo.

Mi madre murió hace tres meses. Al desocupar su casa, guardé el contenido del armario alto en una caja enorme en mi trastero.

En ese momento no creí estar preparado para adentrarme otra vez en aquella maraña de papeles y salir indemne.

Sin embargo, hace una semana, cuando mi hijo Manuel me pidió ayuda con sus tareas y observé la goma Milán blanca claramente mordisqueada en su estuche, aquellos días borrados tras la muerte de mi padre, regresaron como un boomerang hasta mí.

Le pregunté a Manuel por qué se comía la goma, y él sencillamente lo negó. Dijo que se le había roto, que se la había prestado a un compañero y que se la había devuelto así, que…. Una ristra de excusas que yo no necesitaba porque conocía la verdad. Me pregunté qué lo había perturbado últimamente y pensé en mis discusiones diarias con su madre, en  la muerte de su abuela, en tantas cosas de su vida que no podía compartir con él porque no las conocía.

No sabía a ciencia cierta qué le podía provocar desasosiego, qué pasaba realmente en su interior.

Todos tenemos una doble vida, me dije. Somos quienes somos en parcelas. Hijos, padres, esposos, amigos. Vamos mostrando una cara de nuestro poliedro, pero nunca alguien puede conocernos por completo.

Desde aquella noche, a pesar de las protestas de su madre, invito a Manuel a salir conmigo al balcón mientras fumo mi pitillo de después de cenar. Creo que a él le gusta. Es un momento en la oscuridad en que ambos nos mostramos tal cual somos. Sin que me lo pregunte, le confieso siempre en qué estoy pensando.

Ayer le conté cómo me enteré de la muerte de mi padre. Y él, como muestra de comprensión, ante la oscuridad de mi mirada, sacó la goma Milán blanca mordisqueada que llevaba en el bolsillo y me la tendió sin pronunciar palabra.

 

Sin fecha de caducidad

Sin fecha de caducidad

El cuatro romano es un tramposo, lo descubrí hoy gracias a que te paraste sobre la silla y lo proclamaste al viento interrumpiendo mi explicación. ¡Si tocaban cuatro íes! ¿Qué se viene a hacer el complicado?, y además, ¿cómo sabe que después va a venir la V,  si él está antes que el cinco? ¡Eso es trampa!

Yo coroné tu alegato con una carcajada que me llenó la boca y empezamos a gritar a dúo ¡Descalificado por tramposo! ¡Queda descalificado! Y hasta creí ver la I y la V dibujadas en el cuaderno, a la derecha del 4, empalidecer con claras intenciones de pasar desapercibidas.

Cerramos las tapas duras para encarcelar al tramposo y darle una buena lección, y volvimos a abrirlas cuando, convertido en juez, consideraste que era suficiente castigo.

Entonces, fuimos a parar al dictado que siempre te causa tanta gracia y otra vez yo, poniendo cara seria pronuncié las palabras que ya sabemos de memoria: “el gusano germano guisó un geranio, mientras su gato guerrero rasgaba la guitarra”. Y tú hiciste la parodia de estar escribiendo cada palabra, y aguantamos la risa hasta que diste vuelta la hoja y vimos el dibujo que habíamos pintado el día que estrenamos las témperas, y el título al pie copiado con tu letra gorda y titubeante: “Gusano guisando geranio”.

A continuación, inevitable, vino el pedido de continuar la historia que había quedado detenida en un renglón, cuando Gustavo, que así habíamos llamado al gusano, guerreaba con un gigante gangoso.

Y empezamos a decir palabras con G hasta encontrar las adecuadas.

– Ya sé, Gustavo gana la guerra y el gigante va a la guillotina – aseguraste, y yo completé la historia inconclusa agregando al final un “pero” misterioso que nos obligara a continuarla la próxima vez.

De ahí, pasar al experimento de la levadura en la botella, fue lo  mas natural. Así, que ya estaba yo subida a la encimera buscando una botella vacía y tú sosteniéndome la silla e indicándome con  tu dedo brújula donde tantear.

Que la hora de la cena nos sorprendiera en la cocina, fue la excusa perfecta para que ejercitaras tus dedos en la botonera del microondas, y  tu lectura en el envase de la mantequilla.

– Má, acá pone “Fecha de caducidad: ocho de octubre”. ¿Tú tienes vencimiento?

Pensé que no, que parada en medio de la cocina, con tu mano enmantecada sacándome el pelo de la cara, no puedo tener vencimiento.

– Uh, nos olvidamos de hacer los deberes – bromeaste al acostarte, como tantas veces, debajo de mi beso toma fiebre.

– No te preocupes, yo le explico a la profe – continué la broma mientras apagaba la luz. Y caminé por el pasillo preguntándome cuanto tiempo más podré hacer durar, tus cuatro años.

Sin fecha de caducidad

Inicio de temporada

La temporada no había empezado oficialmente, y era la época del año que más le gustaba. Los turistas aún no habían llegado con su prepotencia ganada a fuerza de trabajos mantenidos a disgusto, para vengar madrugadas, palabras ácidas escuchadas a diario, autobuses repletos.

El clima, como queriendo tentarlos con el anzuelo del sol brillante para después doblarles el rostro con una cachetada de tormenta, era perfecto.

El día de playa tan meticulosamente planeado, se presentó de improviso una mañana de sábado, y salió de prisa tras él como para no dejarlo escapar.

Guardó en su bolso algo de fruta, una toalla, el protector solar del año anterior, y la novela. Esa que había estado asentando en el segundo estante de la biblioteca a la espera del momento preciso. Como un vino añejo, en posición horizontal y sólo movida esporádicamente ante limpiezas cada vez más improbables.

Recorrió el centenar de metros que lo separaban de la playa, cargando la silla plegable sobre el hombro desnudo, anticipando el frío irremediable del agua alcanzándole los pies, y calculando la posición exacta en que armaría su pequeño campamento para que el sol no perturbara la lectura.

Como era de esperar, solo dos o tres personas se animaban a la arena tan temprano. Un muchacho con cara de nada que arrojaba a intervalos regulares  una pelota de tenis a un perro gris, que con su misma cara, se la devolvía incansable. Un hombre probando suerte en el muelle, más absorto en el movimiento lejano del puerto, que en los vaivenes de su propia caña, y una pareja caminando por la orilla sin apuro.

Armó la silla baja en el ángulo exacto que le permitiera observar el mar con un golpe de vista, sin quedar completamente de frente para evitar que el viento entorpeciera la lectura; a unos metros de la orilla, ya que aún no era momento de dejarse mojar, sobre un terreno virgen de residuos.

Se descalzó, perdiendo el último vestigio de urbanidad y se sentó con el libro añejado rozándole las rodillas flexionadas.

Los pies, en contacto con la arena fría, el sol entibiándole el torso, el pelo orillándole la frente con los vaivenes prodigados por el viento.

Durante más de una hora leyó casi sin detenerse. Embebió sus pensamientos en esos otros, y por eso, al principio no creyó propia la idea de que tenía mucho frío en los pies. Hasta que se obligó a mirarlos y los descubrió semienterrados en la arena tibia. Si hubiera prestado más atención a sus sensaciones que al renglón que otra vez capturaba su atención, quizás hubiera estado a tiempo.

Dos capítulos después, cuando la molestia en los pies le ganó la pulseada por segunda vez a las palabras escritas, intentó moverlos sin resultado. Creyó que se le habían dormido y quiso estirar las piernas para hacer círculos en el aire. Pero pesaban. La arena le llegaba ahora a los tobillos, comprobó con una mirada extrañada, e intentó ponerse de pie, con la consecuencia lógica de perder el equilibrio ya que los pies no le respondían. Y las rodillas fueron a dar contra la arena sin que por eso las plantas de los pies se separaran ni un centímetro de la superficie rugosa que empezaba a sentir húmeda. Logró volver a encajar su cuerpo en la silla baja y se masajeó las pantorrillas doloridas en el estiramiento. Si la arena estaba húmeda era porque la marea había empezado a crecer y algunas olas lentas llegaban casi hasta su bolso semiabierto a un costado. Lo levantó y hurgó en su interior como buscando algo sin saber qué en realidad.

Después del algunos infructuosos intentos por desenterrar su pie derecho, lo intentó con el izquierdo con más ahínco aún, pero con igual resultado.

Miró a su alrededor para pedir una ayuda absurda. El muchacho del perro estaba a más de cien metros sentado en la arena junto a su mascota mirando absorto el mar. El hombre del muelle, de espaldas, presumiblemente, encarnaba su anzuelo. De la pareja de caminantes, ni rastros.

Hacer todas esas comprobaciones había resultado una pérdida de tiempo, porque no le parecía posible llamar la atención de ninguno de ellos, y al mirar otra vez hacia abajo, comprobó que la arena había avanzado casi hasta las rodillas, y el agua, el agua seguía coqueteando con los hoyos que se habían formado a su alrededor, como planeando escabullirse en ellos en cualquier momento. Al menos la misma arena lo ayudó a ponerse de pie y mantener el equilibrio.

Pensó que cuando finalmente el agua llegara a su altura, la presión empezaría a ceder. Pero no fue así. El agua le mojó los extremos del bañador y se desparramó a su alrededor como vertida sin remedio.

Atinó a apoyar una mano para ejercer una especie de palanca que le permitiera liberar las piernas sin lograrlo. La arena y el agua avanzaban denodadamente y calculó que en diez minutos le llegarían a la cintura.

Los gritos no fueron escuchados por el muchacho del perro, ni por el hombre del muelle, que cuando lo miró, devolvió su gesto de brazo en alto con un saludo amistoso, como si lo creyera sentado y no enterrado en la arena.

El libro había permanecido en su mano derecha y el índice terco marcaba la página que había estado leyendo.

Cuando la arena le llegó a la altura de las axilas, lo apoyó sobre la marea corrediza y comenzó a leer ávidamente, hasta que la sal le inundó los ojos y se hizo imposible seguir.

2137

2137

Había retirado “Cae la noche tropical”. Alguien le había hablado de Puig y sus diálogos. Recién emergido de “La caverna” de Saramago, pensó que necesitaba algo sencillo de leer, algo que le ofreciera el tiempo necesario para madurar todas esas ideas, que un alfarero había puesto a rodar por su cabeza. Tendría que haber pedido algo de filosofía, pensó, algo sobre Platón, de manera de terminar de una vez por todas con Cipriano Algor y el Centro. Pero no, se había dejado tentar por la portada a todo color de “Cae” y allí estaba, hamacándolo entre sus manos sin decidirse a abrirlo. Y cuando lo hizo no fue para leer el comienzo, ni siquiera el prólogo. Se detuvo en las primeras hojas apenas salpicadas de letras, en la fecha de la edición, en la escueta dedicatoria, en la dirección de la editorial. Y fue ese regodeo premeditado y necesario el que lo obligó a reparar en la ficha. Alguien había devuelto el libro el mismo día en que él lo retirara de la biblioteca. Quien lo hubiera hecho lo había leído en apenas cuatro días. Y si miraba hacia atrás, desde la última vez en que alguien había escogido aquel ejemplar de Puig, habían pasado cerca de dos años.

Extraño destino el de los libros, pensó. Meses y meses anestesiados en un anaquel, en estado de coma, hasta que alguien descorre las cortinas y los encandila sin previo aviso. Y tras estos, otros ojos nuevos no le dan tiempo de olvidar los anteriores, cuando ya están hurgando en sus vericuetos, rellenando los huecos dejados adrede en el camino.

Quien hubiese recorrido esos renglones tan recientemente, según revelaba la ficha, llevaba el número 2137. Eso indicaba que era un socio bastante más nuevo que él, aunque no del último año. Tal vez llevara cerca de dos.

Ese era un dato casi sin importancia, pero se convirtió en la punta del ovillo de la que en aquel momento, casi sin darse cuenta, comenzó a tirar.

Se le antojó que su predecesor en la lectura, era sin duda una predecesora. Era algo que palpaba en las páginas, que percibía en el peso con que determinadas hojas insistían en repetirse, cuando abría el libro al azar; en el esfuerzo adicional que requerían otras para ser separadas ante los ojos que ahora ávidos se internaban en la historia.

Los dobleces, las puntas ajadas, y hasta alguna probable mancha de humedad en los sitios precisos, delataban un recorrido indudablemente femenino a través de las páginas. Podía adivinar los ojos humedecidos de expectativa girando bruscamente determinada hoja, las uñas tenues demorándose en un diálogo releído una y otra vez.

2137 era una mujer, y aun sin atreverse a pensarlo, en aquel momento él supo que necesitaba conocerla.

Menos de tres días le llevó acabar con “Cae”. En realidad, ese fue el tiempo que se concedió a sí mismo, para trazarse un identikit de 2137, y salir a buscarla.

La pista más lógica lo llevaba, por supuesto, a la biblioteca. Y hacia allí se encaminó, para ver cómo su decisión chocaba sin remedio contra las reglas esgrimidas por una empleada de gesto adusto. Los datos de los socios eran estrictamente confidenciales, y no había razón, ruego, ni amenaza que la hiciera cambiar de opinión.

Tampoco accedió a comprobar si 2137 era mujer, pedido del que más tarde se arrepintió, por ser absolutamente innecesario. Él sabía que era una mujer, y no hacían falta pruebas de ninguna índole al respecto.

Resignado a esperar que el turno de la empleada acabara, para que fuera reemplazada por el muchacho desgarbado que atendía a partir de las cinco, decidió sacar un libro. Eligió al azar algo de Javier Marías. Recordaba haber leído tiempo atrás una novela bastante interesante, un traductor, un secreto. La historia no la tenía muy clara, sólo la sensación placentera que deja a la larga un buen libro, como el sabor de un manjar antiguo, evocado en los labios de pronto.

Durante el trayecto hasta su casa, recorrido a pie, con la única intención de rellenar la espera, una intuición, casi una sospecha, comenzó a materializarse entre sus pensamientos. No pudo aguardar hasta llegar para decidirse a corroborarla. Detenido a la espera de que un semáforo le diera paso, atisbó apenas la ficha guardada en la contratapa. Tal cual lo supiera antes de hacerlo, el número 2137 se dibujaba pleno en el anteúltimo renglón. Ella lo había devuelto ese mismo día. Tal vez apenas unos minutos antes de que él estuviera buscándola. La gente a su alrededor avanzó movida por el verde pleno que sus ojos no alcanzaron a registrar. Llegó hasta la otra acera impulsado por el movimiento colectivo, trasladado sobre la senda peatonal con el libro entreabierto en una mano y  la sorpresa del descubrimiento en otra. Ella lo estaba siguiendo.

Si bien literalmente esta no era una idea lógica, ya que era él quien parecía seguirla, de hecho su número en ambos casos estaba a continuación del de ella, sabía que se trataba solo de un simple ardid que ella utilizaba para disimular sus intenciones.

Sabía que fuera cual fuera el título que decidiera sacar de la biblioteca, el número 2137 estaría allí antecediéndolo. Y para corroborarlo, reencausó la dirección de sus pasos de regreso hacia el mostrador frío y la mirada adusta todavía en su turno.

Recorrió los pasillos escogiendo guiado sólo por sus sentimientos hacia la obra o hacia el autor, y obligándose a no mirar la ficha, tres títulos que acercó a la empleada sin dignarse a contestar la pregunta que los ojos de ella le hacían  mientras completaba la ficha: ¿piensa leerlos todos juntos?. Sí, se dijo, cuando alejado apenas unos metros, comprobó que el 2137 estaba allí donde esperaba encontrarlo. Si a juzgar por las fechas, ella los ha retirado todos juntos y los ha leído a la vez antes de retornarlos hoy mismo, yo también lo haré.

Y entonces sí se encaminó definitivamente a su casa, donde asaltó en desorden y sin sentido los cuatro ejemplares que contando otras historias, le hablaban de ella.

La observó estremecerse durante la emboscada sangrienta al comienzo del libro de tapas grises. La escuchó reír con las ocurrencias irónicas del hombrecito de traje que vivía en el capítulo 10 de otro de los libros. Respetó su silencio inquebrantable mientras era testigo de la muerte de una mujer en los brazos equivocados. Y se llenó de sal la boca, cuando una lágrima vertida por  ella, salió a su encuentro desde el final irremediable y triste del ejemplar que tenía un hombre de espaldas en la portada.

Le llevó cinco días completar su recorrido. Cinco días en que aprendió a sorprenderla entre renglones, a seguir sus pasos sin esfuerzo, saltando de historia en historia, alternando personajes, lugares, conflictos y resoluciones en la misma exacta proporción en que ella lo había hecho, en que ella lo invitaba tácitamente a hacerlo. Se acostumbró a apurar el paso para seguirla cuando giraba bruscamente una página. A detenerse en una frase en la que ella había hecho un alto. A alejarse y mirar las letras a la distancia, con la perspectiva única de la segunda lectura.

Estaba claro que cinco eran los días que a ella le había llevado leer aquellos libros a juzgar por la fecha en que los había devuelto. Y estaba claro también, que si él se presentaba en la biblioteca, ella lo haría unos momentos antes para devolver el libro que él, aun sin saber de cual se tratara, iba a retirar después.

Por eso, al cabo de esos días se decidió a forzar el encuentro. Desde el momento en que abrió sus puertas la biblioteca, buscó un sitio cómodo desde donde tener una buena perspectiva del mostrador, y sentado en un sillón de la sala de lectura,  se dispuso a esperar. Ella vendría a devolver los ejemplares que tuviera en su poder, y seguramente a retirar otros. Él estaría allí para interceptarla. No estaba dispuesto a que la testarudez de una empleada se interpusiera en sus planes.

Cada vez que una mujer se acercaba al mostrador, él se ponía de pie y escuchaba el número de socio con que se presentaba a la empleada. De este modo sabría cuando ella finalmente llegara.

Al cabo de toda la mañana, y cuando ya la empleada lo miraba con expresión de creerlo un ladrón o algo aún peor, no había tenido suerte en absoluto.

En un momento había llegado a desesperarse, cuando una de las mujeres, en lugar de pronunciar su número de socio, le había mostrado la credencial a la empleada en un gesto rápido que le había impedido a él, situado prudencialmente a un costado, llegar a verla. Había sido necesario forzar un tropiezo posterior en uno de los pasillos con la mujer en cuestión, lo suficientemente fuerte como para que el contenido de su bolso se esparciera en el suelo, y él tuviera oportunidad de corroborar, credencial en mano,  lo que ya sospechaba. No se trataba de ella.

Para las cinco de la tarde, cuando el muchacho desgarbado acababa de ocupar su puesto, estaba agotado. No había comido nada en todo el día, no se había movido de aquel lugar ni un minuto. Necesitaba ir al baño, mojarse la cabeza, pensar una táctica que le impidiera desesperar.

Con el muchacho desgarbado no hubo mejor suerte que con la empleada. Él también se amparaba en estrictas normas de confidencialidad a la hora de ofrecer los datos de otro socio. Sin embargo, accedió a retener a la 2137 con alguna excusa, si de casualidad se presentaba durante el momento en que él iba hasta el baño.

Regresó con las manos húmedas después de escasos cuatro minutos, y se encontró con los gestos desesperados del bibliotecario señalándole la puerta giratoria en la que apenas atisbó a ver un bolso marrón saliendo del edificio. Era ella, no pude retenerla, alcanzó a escuchar antes de sumergirse en el carrusel transparente que lo depositó sobre la acera. El sol, aún alto lo encandiló, y ahuecó su mano a modo de visera, mirando desesperado en una y otra dirección. La calle estaba sembrada de gente, de mujeres, de bolsos marrones que se alejaban en todas direcciones, sin darle tiempo a descifrar los rostros, a estudiar las miradas. Pronunció el 2137 como un lamento, como un pedido de auxilio, parado en medio de la acera, mientras los transeúntes le rozaban las manos cargadas de libros, al pasar a su lado sin reparar en él.

Ella sospechó que alguien la estaba esperando, fue la única explicación que le pudo arrancar más tarde al empleado desgarbado. ¿Pero por qué, usted se lo dijo? ¿Acaso no me prometió…?, Yo no le dije nada, le aseguro…, ¿Y entonces cómo lo supo?, Mire, caballero, yo no sé qué es lo que usted pretende de ella, ni me interesa en realidad, pero le pido que me permita continuar con mi …

Volvió a su casa, sin devolver los libros. Quería disfrutar de ella un poco más, y tenía plazo hasta la siguiente semana para retornarlos. Sabía que cuando lo hiciera la perdería para siempre. Que a partir de ese momento, ella había dejado de perseguirlo. Que ya no encontraría más los mágicos 2137 escritos con tinta fresca en los ejemplares que retirara. Que no podría adivinarla en cada frase, ni compartir con ella una ruta única y sin mapas.

Durante esa semana, disfrutó de su compañía tanto como se lo permitió la crueldad anticipada de la despedida. Llegado el plazo, retornó los ejemplares, un miércoles de mañana, en que se encaminó despacio hacia la biblioteca llevándolos entre sus manos, como si se tratara de delicadas mariposas que era necesario no ahuyentar.

 

Este relato ha obtenido el Segundo Premio en el IV CERTAMEN DE RELATO BREVE PASIÓN POR LEER.

Sin fecha de caducidad

Sin retorno

Hubiera preferido desaparecer a tener que explicar su presencia allí. Pero era demasiado tarde. Si los pasos que escuchaba en el pasillo, iban directo a la puerta de entrada, tal como temía; apenas tenía tiempo de ovillarse debajo de un mueble, aunque el ruido lo delatara antes de lograr su cometido.

Era más seguro deslizarse entre la cortina y la pared y esperar en silencio, que arrastrarse hasta la mesa más próxima donde ni siquiera existía el cobijo de un mantel.

Sin embargo las piernas no respondían. Miraba alternativamente la puerta y lo que llevaba en la mano, sin decidir si primero debía soltarlo o levantar un pie.

Ella notaría que algo faltaba ni bien abriera la puerta. La imaginaba recorriendo la habitación con una sola mirada mientras levantaba las persianas. La cortina no era tan buena idea. Tal vez podría contar con que ella, cegada por la luz de afuera, le diera los segundos necesarios para escapar.

Las manos habían empezado a temblarle, con el peligro de terminar desarmando el objeto precioso contra el suelo lustrado.

La llave en la cerradura tapó el sonido de su respiración contenida justo en el momento en que los pies despegaron y lo depositaron de cara al suelo, detrás del sillón de dos cuerpos.

Ella fue directa a la ventana. En cuanto mirara la biblioteca iba a notar la ausencia. Era necesario actuar antes de que le arrebatara de sus propias manos el tesoro.

Gateó en la oscuridad hasta la pared rogando no tropezar. La puerta estaba cerca y ella de espaldas, luchando con el mecanismo de la persiana. Era el momento.

Salir fue más simple de lo que esperaba- Tarde entendió que no había calculado la posibilidad de un encuentro casual. No atinó a responder ninguna de las preguntas que le hacía el vecino, ni a acallar su asombro con alguna explicación estúpida.

La voz del otro no hizo más que alertarla, y ella abrió la puerta encontrándolo allí, con el libro a medio ocultar debajo del abrigo.

Odió la sonrisa tambaleante con que la miró, el sudor en las manos y la falta de reflejos que le impedía huir escaleras abajo. En cambio, cuando ella extendió la mano, le devolvió el libro, sabiendo que las cosas no podían ser de otro modo, que desde el momento en que había terminado de escribirlo, le era irremediablemente ajeno.