Alfonsina por Neruda

Alfonsina por Neruda

Más que cojo, a mi pirata le faltan ambas piernas. Sé que es él aún antes de ver la rosa asomando desde su libro de Neruda. Una cursi clave que hemos acordado para reconocernos. Dejo mi Alfonsina Storni  en equilibrio sobre un contenedor de papel. Bastaría un suave impulso para hacerlo desaparecer con mi rosa y con el hombre repeinado que espera.

@PirataCojo no es un nombre tan inadecuado, pienso desde mi resbaladiza lógica de @SirenaVarada.

Él se gira en una maniobra de ruedas y repara en mi cola inmóvil. Sonríe. Intercambiamos libros. Me gustaría saber cantar.

Alfonsina por Neruda

Despegando

Su padre no permite que falte al cole. Esperan a que se hagan las nueve para que el centro comercial abra, y pasan por los servicios. Además de hacer pis, tiene que lavarse los dientes estrujando los tubos de pasta a los que sacan hasta el último gramo. Después se moja el pelo y sale para que su padre se lo peine formando una larga coleta. A las nueve y media, ya le ha dado su beso de la buena suerte después de acompañarla hasta la puerta. Ella carga su mochila raída pero limpia, más liviana que las de sus compañeros.  A veces se entera de lo que cuenta la profe, a veces no. Un sueño profundo le sobreviene en medio de la solución de un problema, y se queda dormida, pero como se sienta al fondo de la clase, tiene la esperanza de que no se note. Se despierta sobresaltada cuando la clase responde a coro a alguna pregunta, o cuando la profesora alza la voz. El corazón le late con fuerza y se ruboriza, para tranquilizarse al comprobar que nadie le está pidiendo su agenda con intención de mandarle una nota a su padre. No puede darle semejante disgusto. Ya bastante tiene él con lo suyo. Lo suyo es caminar durante todo el tiempo que ella está en el cole. Caminar a ver si algún día hay suerte. Ella ha dejado de preguntarle acerca de la suerte, porque nunca hay, y él ya no sabe cómo explicárselo para que no se ponga triste.

Lo realmente bueno del cole, es la comida. Jamás deja nada en el plato, y las celadoras del comedor la felicitan porque no es quisquillosa como otros.

Lástima que a las seis de la tarde, la comida aquella de las doce está ya olvidada, y las tripas empiezan a rugir.

Toca salir de ronda, como dice su padre. Alicia, cabizbaja, lo sigue.

Mientras su padre cierra la tapa del sexto contenedor con gesto adusto y resignado, Alicia da un pequeño salto y despega del suelo. El asfalto oscuro y mojado ya no enfría sus zapatillas rotas ni penetra en su pequeño cuerpo aterido. Si la mano firme de su padre no sostuviera la suya,  se remontaría por encima de los edificios ajenos hasta desaparecer. Se conforma con flotar, justificando así la ingravidez en su estómago.

– Ya encontraremos algo, mi niña – lo escucha decir antes de abrir la siguiente tapa. Pero Alicia se siente tan liviana, que solo desea que su padre le suelte la mano para poder volar.

Un accésit, una mención especial y cientos de hormigas

Un accésit, una mención especial y cientos de hormigas

Las hormigas de mi amigo Ernesto Ortega, han dado para mucho. No solo me han llevado a la final anual de REC, si no que también me han regalado dos sorpresas adicionales en forma de reconocimiento.

Una ha sido el accésit obtenido por mi cuento «Abstracción peligrosa» en el XIII CONCURSO DE MICRORRELATOS «VASCO DÍAZ TANCO» organizado por el Ayuntamiento de Fregenal de la Sierra (Badajoz).

La otra, ha sido la mención especial obtenida por mi relato «Entemofobia» en el III Certamen Literario “Universidad Popular de Almansa” (Albacete), donde he tenido el privilegio de cruzarme con mi enteciano amigo Luis San Juan, que ha obtenido el primer premio.

Te debo otras dos, Ernesto.

 

Alfonsina por Neruda

Entemofobia – Mención especial en el III Certamen Literario “Universidad Popular de Almansa” 

En este barrio cada vez hay más hormigas negras, dijo mi abuelo asomado al balcón. En la calle, los nuevos vecinos acarreaban bolsas de la compra cargadas de ropa, muebles desarmados y enceres indescifrables. Entre ellos había dos niños. Parecían simpáticos. Sonreían todo el tiempo y tenían ojos grandes y dientes muy blancos.

– Padre, no diga esas cosas –reprochó mamá.

– En cuanto la líen, insecticida y fuera.

Yo revisé paredes, baldosas y macetas sin encontrar ni una sola hormiga.

– Fascista – murmuró mi madre. No entendí lo que quería decir, pero pensé que sería la marca de un insecticida.

Supongo que el abuelo no lo habrá querido comprar. Para colmo, mamá debe tener pánico a las hormigas. Porque desde aquel día, no hemos vuelto a visitarlo.

Alfonsina por Neruda

Abstracción peligrosa – Accésit XIII CONCURSO DE MICRORRELATOS «VASCO DÍAZ TANCO»

La casa ha comenzado a llenarse de hormigas. Silenciosas, tapizan paredes, invaden el mobiliario, taponan cañerías y campan a sus anchas sobre todo foco comestible.

Después, circunvalan la figura silente sobre el sofá. Escalan desde los pies descalzos apoyados sobre la mesa baja, piernas arriba, sexo, vientre, pecho. Algunas ocupan la nuca, las orejas,  la nariz. Pero una solitaria, baja por el brazo hasta alcanzar la pantalla iluminada y plantarse justo debajo del índice derecho.

El dueño del dedo aplasta incrédulo el insecto, y sin alzar la cabeza lo hace volar y caer amortiguado por la marabunta. Con un gesto de fastidio, sigue deslizando el índice pantalla arriba.