Y nunca le recordaba lo que no se debía contar: las estrellas, las pecas, los granos de arena, los días vividos, las olas del mar, las gotas de lluvia, los briznas de hierba, las canas,  las hojas del otoño, las vueltas que da la peonza antes de caer… Él era el único que comprendía y aceptaba esa manía tan suya de cuantificarlo todo.  Solo por eso ya le quería. ¿Cuánto? Pues… hasta resbalar por la segunda curva del infinito. O más.  Aún no había conseguido terminar de contarlo.