Lo único que quiero es ser transparente. Que cuando él abra la puerta de mi cuarto no me vea, y me llame a gritos y revise bajo la cama, en el armario, tras las cortinas, para comprobar que contra toda lógica, ya no estoy aquí.
Sé que vendrá en cuanto mi madre haya cerrado la puerta de calle. Por eso, cuando ella me da el beso de rigor antes de irse a trabajar, la miro suplicante y digo que me duele mucho la tripa.
Ella se preocupa como lo hace siempre, pero últimamente, ya no me cree. Me recomienda irme a dormir. Lo que necesitas es descansar, dice. Y se va, se le hace tarde.
Tengo poco tiempo, y en un destello, pienso que para ser transparente, bastará con traspasar el cristal. Con integrarme en su textura, en la sinfonía acompasada de sus partículas.
Los conocidos pasos y la voz obscenamente melosa se acercan por el pasillo. Me impulso contra el ventanal que separa mi cuarto de la calle donde la vida transcurre nueve pisos por debajo.
Algunas esquirlas duelen, pero no tanto. Veo acercarse los focos, el asfalto, las copas de los árboles. Transparente, floto. Me dejo caer.

[…] renovado orgullo después de haber obtenido el primer premio en la tercera y cuarta edición, el segundo premio en la primera edición y resultar finalista en la segunda […]