por pcollazo | Abr 27, 2018 | Noticias
Este miércoles he tenido el gusto de acercarme hasta San Fernando de Henares, donde me han recibido con mucho cariño y alegría.
La Biblioteca Pública Rafael Alberti, ha otorgado a mi obra «Lágrimas bebidas» el Primer Premio del XXXIV Certámen Manuel Vázquez Montalbán en la categoría de Relato Corto.
En un acto en que estuvieron presentes la Alcaldesa de la localidad y la concejala de cultura, los escritores presentes hemos recibido el cariño y el apoyo de gente comprometida con la cultura.
Muchas gracias a todos ellos.
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por pcollazo | Abr 27, 2018 | En pocas palabras, Premiados
Caminábamos siguiendo los pasos de mi madre. Encajando nuestros pequeños pies en sus huellas cansadas. El camino de ida era duro, el terreno muy escarpado y el calor agobiante, pero nada comparado con el de regreso. Cuando los cubos y latas que cargábamos iban llenos de agua, y cada gota que derramábamos suponía motivo suficiente para que mi madre se enfadara y nos llamara inútiles.
A mi madre el tema del agua le preocupaba mucho. No permitía bajo ningún concepto que la bebiéramos si no estábamos cien por ciento seguros de que provenía del Pozo Rojo. Ese sitio al que todos los días concurríamos con nuestros cacharros vacíos y en fila india (ordenados de menor a mayor) todos los hermanos, detrás de mamá, que era quien marcaba el camino. La estrategia consistía en poner a los mayores al final, para asegurarse de que ningún pequeño se perdería por el camino, a la vez de que los que más fuerza y experiencia tenían, alentarían, empujarían, impelerían u obligarían a los pequeños a continuar cuando las fuerzas flaquearan.
Yo era el del medio, pero había sido el pequeño hasta que mis hermanos Anuar, Alika y Ashia habían tenido edad suficiente como para andar y no ir colgados de la espalda de mamá. Así que de la primera posición en la fila había ido a ocupar la segunda, la tercera, la cuarta, y la tercera otra vez, cuando Ashia había muerto.
Mamá decía que lo de Ashia había sido por beber agua de un sitio prohibido. Se lo dijeron unos hombres blancos que llegaron a la aldea y nos examinaron a todos como si fuésemos insectos.
Por eso mamá se ponía tan nerviosa con el tema del agua y era tan estricta con aquello de tener que ir cada día a recogerla.
Ni siquiera el día en que murió Ashia, mamá permitió que faltáramos. No había ido el día de su nacimiento, ni el del nacimiento de ninguno de nosotros. Las madres se ponen muy malas cuando tienen un bebé. Y para esos días especiales habíamos ido preparándonos acarreando una cantidad extra durante las semanas anteriores que íbamos reservando.
Sin embargo, el día en que Ashia no despertó por la mañana, mamá la enterró bajo la palmera gris y con los ojos abiertos y empapados, ordenó que saliéramos a por agua como cada día.
Las lágrimas de mi madre y las nuestras llenaron los recipientes que acarreábamos antes de llegar al Pozo Rojo. Y aquel día regresamos más temprano que de costumbre. Pero sin ganas de jugar, ni de buscar hormigueros, mientras mamá preparaba ese guiso indescifrable con que nos alimentaba cada noche y papá llegaba con la espalda doblada debajo de la carga que vendería al día siguiente en el mercado del pueblo.
Papá no preguntó por Ashia. Solo miró con pena el montículo de tierra removida bajo la palmera gris, junto al camino, y lo supo todo.
Luego nos acarició la cabeza uno a uno, como pasando revista. Como asegurándose de que a ninguno más se nos ocurriría morir, y se fue a ayudar a mamá con el fuego que aquella noche no conseguía encender debido al torrente de lágrimas con que eclipsaba las llamas en cuanto ardían. En silencio. Sin hablar del agua prohibida. Ni de Ashia. Ni de lo injusta que es la vida, si has nacido en mal lugar.
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