por pcollazo | Sep 21, 2019 | En pocas palabras
No siento
dolor, estoy anestesiado. Pero la boca abierta, el líquido acumulándose, y la
cara de la asistente pegada a la mía, me incomodan.
La asistente
ríe las bromas del dentista y a mí me dan ganas de reír también, pero no puedo,
claro. Hacen buen equipo. Se nota la complicidad entre ellos.
Me voy
relajando. Tanto, que no noto cuándo el odontólogo introduce el brazo entero en
mi boca. Luego la cabeza, otro brazo, el abdomen y las piernas.
De vez en
cuando saca una mano para pedir algún instrumento. Su voz resuena como en una
caverna. “Entra, se ha complicado” grita. La asistente mete la bandeja del
instrumental, para después introducirse ella.
Me han
dejado solo. Miro el foco. Los escucho bromear en mi interior. Quisiera que me
invitasen a ir con ellos. Sería un viaje muy interesante. La asistente me grita desde dentro: “solo un
poco más. Aguante por favor”.
Ahora todo
son murmullos. Abro más la boca para intentar escuchar. “Aquí, no, cariño”,
dice la voz cavernosa de él. Luego, la risita de ella, los instrumentos rodando
descontrolados por toda la cavidad y una explosión de sabores en la lengua.
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por pcollazo | Sep 21, 2019 | En pocas palabras
No tenía
previsto que hiciera tanto calor en la montaña. Se supone que en esta época del
año, las tardes empiezan a acortarse y es mejor recogerse y desandar lo andado
antes de que oscurezca. Pero el día es tan espectacular, que decido extender el
paseo un poco más. Nunca se hace senderismo solo, explico a quienes cuestionan mi
costumbre de perderme por empinadas rutas en soledad. Siempre te encuentras con
alguien, y el camino crea complicidad. Pero
cuando me doy cuenta de la hora que es, ya llevo al menos dos sin cruzarme con
nadie.
Tengo puesto
el abrigo por no cargarlo y estoy sudando. Entonces noto que la mochila no está
en mi espalda. Me detengo en seco. ¿La habré dejado sobre aquella roca cuando paré
por última vez a beber agua en la fuente? ¿O es que llevo sin ella desde el
almuerzo? Oscurece demasiado de prisa y
la linterna ha quedado en algún lugar dentro de mi mochila. Me siento un momento
a pensar. Estoy confundido.
Entonces empieza
el dolor. Bueno, en realidad no se lo podría llamar dolor. Es escozor. Dan
ganas de coger un cepillo de metal y restregármelo por la zona. Porque a ver
quién llega con cierto margen al hueco entre sus omóplatos. Pues ahí mismo brotan.
Primero, dos puntos lacerantes. Picaduras de algún bicho de la zona, supongo. Colapsan,
y dos tubitos articulados transparentes, como ramas de abeto, florecen desde
ellos. No me preguntes cómo puedo verlos. Pero la sensación de que allí están es
tan real que me quito el abrigo y la camiseta. Y efectivamente basta con mirar
sobre mi hombro para encontrarlos. Pienso en que tengo que pedir ayuda, que por
suerte el móvil está en el bolsillo de la cazadora que me acabo de quitar, y
que ahora no encuentro en la oscuridad. Una
sirena lejana empieza a sonar. Entonces aparecen las plumas. Blancas, enormes.
Cubren los tubitos y pronto las alas me tapan la espalda. Antes de que los que
gritan mi nombre se acerquen, echo a volar.
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