por pcollazo | May 29, 2022 | En pocas palabras
Mi hermana Charo lleva años
pidiéndole a padre que la deje hacer el camino de Santiago. Padre siempre
responde que no entiende qué se le ha perdido a su hija allí. Si ni siquiera somos cristianos y los santos
nos dan igual. Cuando dice esto mi
abuela se persigna, pero a escondidas, no vaya a ser cosa que alguien se
acuerde de que ella fue la que insistió con aquello de que nos bautizaran,
cuando tenia aún alguna influencia sobre madre.
Al final, Charo cumplió los dieciocho,
se cansó de las malas formas y los “Se hace porque yo lo digo” de mi padre, y
se consiguió un novio que la llevará a hacer el camino. Tal vez sea el
mismísimo Santiago, y mata dos pájaros de un tiro. Camina tal como quería y de
paso se queda con él, que más le vale no volver a casa después de escaparse sin
dar señales de vida durante una semana. Que eso es lo que me dijo que hará.
“Enano, tú no te hagas problema, yo estaré bien, pero no se te ocurra decirle
nada a papá. Cuando vuelva del camino, ya hablaré con él”.
Sé que tiene una mochila
preparada escondida en el sótano y que pone voz de tonta cuando el tal Santiago
(o como quiera que se llame) le habla por teléfono. Que se esconde bajo el
hueco de la escalera para hablar con él, y que el plan es descolgarse por el
balcón esta noche, cuando papá se haya dormido.
Pero padre no llega de trabajar,
y Charo camina inquieta por el pasillo y manda mensajes de WhatsApp que nadie
lee y hace llamadas que nadie coge. El supuesto Santiago, santo no es. De eso
estoy seguro. Ni tiene mano en el cielo. Porque si no, no hubiese caído tan
fácilmente en la trampa. Charo no ha tenido en cuenta que lo de hablar bajo la
escalera es algo que ha heredado de madre. Y que, en esta casa, todo se sabe.
Como lo de aquel otro santo, al que le rezaba madre para que la sacara de una
existencia anodina e insoportable. ¿Has vuelto a saber de él o de madre? Pues
eso. Yo tampoco.
Me gusta esto:
Me gusta Cargando...
por pcollazo | May 29, 2022 | En pocas palabras
Durante una semana estuvimos
persiguiendo su andar saltarín y el vaivén de su coleta. Tú no me lo decías,
pero era evidente. Cada día, esperábamos que ella y su grupo salieran del
albergue de turno desperezándose, rellenaran cantimploras, acomodaran mochilas
a sus espaldas, bromearan sobre el sol que no se decidía a salir, y en cuanto
se ponían en camino, seguíamos sus pasos.
Mientras tanto, dabas vueltas,
consultabas por enésima vez el mapa, te cambiabas los calcetines o te asaltaban
repentinas ganas de ir al servicio. Te lo dije: tú estás colado por la rubia de
los pantaloncitos. Y tú, para terminar de afianzar mi teoría, te reíste con
ganas, como si se me hubiera ocurrido algo absurdo y disparatado. Pero lo
absurdo era que hubieras dejado de cogerme de la mano y que lo de pernoctar en
habitaciones compartidas fuera tu excusa para no meterte en mi cama como
habíamos planeado. Tú, en la de arriba, que yo ya subiré cuando todos se
duerman. Pero te habías dormido en cuanto habías puesto la cabeza en tu
almohada, decías a la mañana siguiente, fumándote el primer cigarro con los
ojos puestos en las mochilas que el grupo de la rubia había dejado en las
escaleras mientras desayunaban.
Ya no hablábamos mientras
caminábamos. Íbamos juntos, pero como dos desconocidos. Si los de la rubia
paraban, nosotros también. Si los de la rubia se mojaban los pies en un río,
ahí estábamos nosotros viéndolos reír desde una hondonada. Si la de los
pantaloncitos se detenía a tomar una fotografía, nosotros ralentizábamos el
paso para nunca sobrepasarla. Para ir siempre por detrás, pero eso sí, sin
perderla de vista.
Nos quedaban aun cinco días de
camino, cuando decidí que las cosas habían llegado demasiado lejos. Identifiqué
las botas de la rubia a las puertas del cuarto que ocupaban y deposité en ambas
(para asegurar la jugada) los trozos de cristal más cortantes que pude
conseguir rompiendo una botella de vino que distraje durante la cena.
A la mañana siguiente las botas
no estaban en el pasillo, ni la rubia, ni su grupo, ni la montaña de mochilas
que acarreaban. No se habían escuchado gritos, ni urgencias en el pasillo.
Nadie había llamado a la ambulancia. Nadie había girado hacia mí su dedo
acusador.
La coleta alta y el andar
saltarín se habían esfumado y tú dijiste que mejor nos echáramos a andar
temprano, que la etapa que tocaba era más larga. ¿Y qué pasa con la rubia?,
pregunté. ¿Qué rubia? dijiste encogiéndote de hombros.
Desde ese día seguimos caminando
silentes. Tú, perdido en tus pensamientos. Yo, en mis remordimientos y dudas.
Remordimientos por haber sido capaz de hacer lo que hice. Y dudas, porque ya no
sé quién soy, porque no soporto que sigamos así, ahora que la rubia ya no está,
y porque desde que he encontrado la botella entera en el fondo de mi mochila,
me pregunto si la rubia alguna vez ha existido. Hubiera sido tanto más sencillo
tener una buena excusa para romper contigo…
Me gusta esto:
Me gusta Cargando...