Buenos Aires, 1977

Buenos Aires, 1977

La obligaron a sentarse en el sofá, junto a sus zapatos. Se concentró en mirarlos para no ver los pies descalzos de su padre en dudoso equilibrio sobre la banqueta de la cocina. Temblaban. Las rodillas desnudas, el calzoncillo bóxer, la camiseta de dormir, y más arriba, su cara aterrada y el cuello rodeado por una soga gruesa que colgaba del techo.

—¡Déjenla ir! Es una pibita. No sabe nada —lo escuchó decir.

Una bota negra pateó apenas la banqueta. Entonces, ella sacó su pistola de plástico para dispararla contra los uniformes. Lo último que vio fue un hilo dorado goteando sobre la alfombra desde el charco de orina a los pies de su padre.

Apuestas

Apuestas

Se me acumulan los garbanzos después de cinco partidas de chinchón. Si pierdes, sacarás la basura todo el mes. Si pierdo, deberé aceptar que te rapes. Desafiante, frunces el ceño y apuestas tus últimos cuatro. Me recuerdas tanto a tu madre de pequeña…  Acerco mis cuatro.

—Hagámoslo a todo o nada —dices.

Empujo mi pequeña fortuna hacia el centro de la mesa. Sonríes satisfecha.  Con el mismo brillo que ella tenía en la mirada cuando era una adolescente y todo lo cuestionaba.

Dos horas después, me has desplumado. Tu madre llega del hospital. Se la ve cansada tras el tratamiento. Pero su sonrisa ilumina la cocina cuando te quitas tu eterna visera y te acaricias el cráneo brillante. Ahora os parecéis todavía más.