Baltasar

Baltasar

Era lo único que podíamos hacer por él, dadas las circunstancias. Como todos los años, insistía en que quería conocer mundo. Pero no tenía papeles y no era factible que consiguiera sobrevivir vendiendo incienso.
Llegado el 7 de enero, lo envolvimos con sumo cuidado en su papel burbuja, y lo volvimos a meter en la caja del altillo.

Baltasar

La magia de la navidad

El problema de que te toque ser Papá Noel en un país del hemisferio sur, es que aún no se ha inventado el terciopelo de verano, ni las pelucas con ventilación, ni las botas que no te achicharren los pies cuando hay cuarenta grados a la sombra.

Te cuestionas entonces cómo puede ser que esta gente mantenga una tradición tan anacrónica que no solo te obliga a perder dos kilos por día mientras te sacas cientos de fotos  y escuchas pedidos, si no que también les obliga a ellos a atiborrarse de turrones, mazapanes y chocolate caliente en pleno verano.

Entonces, piensas, mientras sostienes la barba para que el siguiente niño que sientas sobre tus rodillas no la descoloque cuando tire de ella, que el milagro de Navidad sería que le permitieran a Papá Noel usar traje de baño y dejaran de comprar árboles con nieve simulada sobre sus ramas, si aquí no nieva ni siquiera en invierno.

Aunque lo del traje de baño, piensas, te dejaría sin trabajo. Porque esa misma protuberancia abdominal que te ha dado puntos para ganártelo, no sería bien vista si quedara al descubierto. Y en el mejor de los casos, si consiguieras mantener tu trabajo, los niños en lugar de tirarte de la barba, te apretarían los pechos  como si quisieran ordeñarte.

Entonces, despegándote disimuladamente el traje empapado en sudor, decides que es mejor seguir siendo un Papá Noel tradicional y preguntas a la niña que la madre sienta sobre tus rodillas contra su voluntad, qué quiere que le traigas. La niña llora desmesuradamente y te llena la chaqueta de mocos, por lo que agradeces que no haya calado la lógica en la mente de la gente de este país y que sigan idolatrando a un señor vestido de rojo gracias a la coca cola.

El veinticuatro de diciembre llega al fin y tu trabajo está a punto de acabar. Resistes sentado en tu sillón (que por cierto es también de terciopelo) estoico y decidido hasta las tres de la tarde, momento en que se cierran oficialmente los buzones cubiertos de nieve y debes retirarte a prepararlo todo para el reparto de la medianoche.

En los vestuarios del centro comercial, antes de comenzar a desvestirte, te miras al espejo: la barba ladeada, la chaqueta empapada en sudor, el gorro a punto de descoserse  y las gafas sin cristales resbalando por tu nariz por última vez.

Entonces decides que el trabajo hay que hacerlo bien y hasta el final, y dejando pasmados a los elfos que aliviados bromean entre ellos, silbas con ese silbido fuerte y limpio que solo un Papá Noel auténtico es capaz de producir.

Al instante, tu trineo aparece a las puertas del centro comercial, sobre el asfalto que parece a punto de derretirse. Y tus renos disimulan el calor que da una piel de reno en estas latitudes, mientras cargas los sacos llenos de cartas y coges las riendas.

Un silbido corto, un movimiento enérgico y el trineo sale volando bajo el sol sofocante de la tarde de verano.

Baltasar

Noche de reyes

Estudiado hasta el cansancio, el plan no podía fracasar. Esta vez, al menos tendrían que dejarnos carbón. O darnos una explicación.

Organizamos turnos de guardia entre Laura, los mellizos y yo.

Me tocó el segundo. Recibí el testigo sin novedad. Los zapatos seguían vacíos.

A las seis desperté a los mellizos. Somnolientos se sentaron en el pasillo temblando de frío. Agotado, me fui a dormir.

Cuando papá llegó ebrio, como casi cada noche, los encontró allí y pagó con ellos que mamá no estuviera esperándolo. Los mellizos acabaron en urgencias.

Fue así como supimos que los reyes eran los padres.