Sin saber por qué, le di un puñetazo. Como si sus gafas fueran un imán, una excusa indeclinable. Me llevé aplausos y palmadas en la espalda. Era mi amigo. Me sentía culpable. No ha sido para tanto, pensé. Está acostumbrado, después de todo.

Manuel dejó de salir a los recreos. Permanecía sentado en clase, ojos cerrados. Después de varias semanas decidí quedarme con él. ¿Qué haces?, pregunté susurrando, con miedo a que estuviera planeando una merecida venganza. Abrió los ojos. Te esperaba, contestó. Y sonrió. Aquella mañana de otoño, Manuel me enseñó todas las conjugaciones del verbo perdonar.