Aburridos de que nos obligaran a dormir siesta, empezamos a escaparnos al lago cañas al hombro. Pescar cosas raras terminó convirtiéndose en una de nuestras actividades preferidas durante las vacaciones en el pueblo.

Al principio eran botellas de plástico, sillas, hierros oxidados. Pero cuando pescamos el violín, comenzamos la colección.

La abuela lo miraba todo extasiada y melancólica, como si reconociera los objetos.

Con el tiempo, montamos una exposición en el garaje.  El piano de cola impulsó nuestro catálogo a la categoría de pequeño museo. 

Pero el verano en que apareció la máquina de escribir, la abuela lloró hasta navidad y el abuelo nos rogó que lo dejáramos de una vez.

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