– Un buen hombre… – dicen mientras desfilan enfundados en sus trajes negros por delante del féretro. Me asquea que se crean con derecho a juzgarlo. Claro que fue un buen hombre. Pero que ellos lo digan lo convierte en uno más. Eso quisiera gritarles a sus gafas de sol. Un hombre desesperado, al que nadie ha querido ayudar. Ni sus socios, ni mis tíos, que ahora me aconsejan templanza. Estoy a punto de vociferar mi rabia, cuando veo la figura consumida de mamá. Y su mirada, como siempre, pidiéndome lo que a él. Que calle. No sé si seré capaz.

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