Mientras viajaba en autobús, se entretenía mirando las vallas publicitarias. En Navidades, los perfumes lo acaparaban todo, pero para verano, ya habían trocado en primaverales atuendos, rebajas primeras y segundas, desembarcando finalmente en exquisitos e inalcanzables destinos vacacionales. Viaja, viaja, viaja, le había aconsejado su padre antes de morir. Viaja, viaja, viaja, machacaban los carteles llenos de sol y exotismo. Y ella viajaba. Autobús-metro-autobús de ida, autobús-metro-autobús de vuelta. Cada día. De lunes a sábado. Siempre con prisa por llegar. Al trabajo. A casa. Al trabajo. A casa. Siempre culpable de ausencias. Sabiéndose viajera extraviada. Circular.