Habían quedado en el cuarto pasillo de Ciencias, estante veinticuatro. Allí, entre campos electromagnéticos, fuerzas cinéticas, y agujeros negros, nadie los reconocería. El conejo, reloj en mano, llegó puntual como era de esperar. En cambio, el pequeño príncipe rubio se retrasó.  Su planeta quedaba muy lejos. Tal como habían acordado, intercambiaron trece naipes de corazones por una rosa con espinas. Desde entonces, la reina roja ordena cortar la  cabeza de todos los elefantes, que engullidos por boas, parecen sombreros; mientras que Alicia crece de modo denodado luego de hacer caso a la rosa que en su letrero ordena “Huéleme”.