Al final desaparecían del horizonte y volvíamos a respirar. Cuando alguna embarcación fuera de su ruta habitual se acercaba demasiado a nuestra isla, yo procuraba distraer a los niños con una partida de Coco Parchís o desafiándolos a correr hasta la Gran Duna. Tú, mientras, apagabas el fuego y disimulabas la choza tapándola con las ramas que teníamos preparadas. Era nuestro pacto de oro, y funcionaba.

Pero últimamente, espiando tus escapadas al atardecer, te he observado desenterrar el móvil y acariciarlo con el índice, avanzando pantallas imaginarias. Y yo no te lo he dicho, pero he vuelto a soñar con Pink Floyd.

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