Para JFC, que me regaló su idea             

Para última hora. Sin excusas. La voz de su jefe le retumba en los oídos. Surcos de sudor recorren su espalda bajo el mono engrasado. Los guantes le quedan grandes y la avería también. Repasa cada conexión, cada encastre. No encuentra el fallo. No entiende por qué el maldito motor… Esta vez ha hecho un ruido distinto al darle al contacto. Vuelve atrás paso a paso, deshaciendo el camino y probando. Sabe que está a punto de hallarlo y husmea el terreno como un sabueso. Estar a punto significa hora y media de asfixiante angustia. Las miradas de los compañeros, los pasos sentenciosos de su jefe, el silencio. Cuando lo encuentra, tiene apenas veinte minutos para armarlo. El sudor es un océano que baja desde su nuca y deriva en dos cauces idénticos por la parte posterior de las piernas. Ya está, jefe. Son las ocho y cuarto. Sus compañeros bromean junto a los grifos del fondo. Su jefe mira el coche con incredulidad.
Se quita los guantes, las paredes azules giran a su alrededor. Percibe las risas de los que compiten absurdamente por mojarse entre sí con el grifo abierto. Sin mirarlos, camina hasta su vestuario agradecida de no tener que compartirlo. Cierra la puerta y se deja caer usándola como respaldo. Una sonrisa asoma entre la maraña de pelo, grasa y sudor que le cubre el rostro.