El bosque estaba ahí, esperando. Con sus sogas anudadas colgando de los árboles. Las había de todos los colores, enganchadas a mayor o menor altura, con diámetro talla adulto o niño. Para todo tipo de motivos: en forma de corazón para los despechados, redondas como ceros para los arruinados, cuadriculadas para los calculadores, emulando lágrimas para los depresivos crónicos.

El bosque estaba ahí, como última salida. Por eso aguantábamos despidos injustos, sueldos de mierda, amores perdidos, hijos descarriados, enfermedades, vacíos, ausencias y adicciones. Porque el bosque estaba ahí. Y en cualquier momento podíamos ponernos a la cola y pagar la entrada para acceder a él.

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