Llamar  a la puerta para demostrarle respeto, y entrar aunque ella no conteste.

Pronunciar dos o tres frases condescendientes al bulto tembloroso bajo las cobijas, para terminar destapándola con una orden: Levántate.

Abrazarla consolando sus interminables lágrimas y propinarle un tirón de pelo cuando ella no pueda evitar un gesto de rechazo.

Pedirle que se siente para hablar tranquilamente, y empujarla sobre la cama cuando ella lo mire como si no entendiera su idioma.

Acariciarle los hombros, el pelo, la cara, para aparcar las manos cerradas sobre su cuello cuando ella se niegue a mirarlo a los ojos otra vez.