Que se fuera la luz les pareció divertido. Buscaron aquellas velas aromáticas que tenían guardadas, pusieron la mesa en la terraza, y se dispusieron a cenar a la luz de la luna. Hicieron las fotos de rigor, esas con las que informarían la novedad a todos los amigos, se sonrieron cómplices y publicaron nuevos estados en sus respectivos perfiles. Una vez contestados los mensajes recibidos: ”hay que ver cómo se lo montan los recién casados”, “tortolitos”, “qué envidia dais”,  comenzaron a comer.

Ella sabía que debería estar encantada por la sorpresiva excusa para tener una velada romántica. Pero no lo estaba. Sin la televisión como testigo, la conversación sonaba forzada. De pronto fue consciente del desagradable ruido que él hacía al masticar.

Él, por su parte, no podía dejar de pensar en que pronto se quedaría sin batería en el móvil y no podría contestar las chanzas del grupo de whatsapp del trabajo.

Comieron de postre un silencio incómodo y desnatado. Al recoger, una silla que él había dejado en medio, según ella; la torpeza natural de ella, según él, fueron la causa de que la vajilla recién estrenara rodara por el suelo.

De allí, a la primera discusión, solo había un paso. Y ellos lo recorrieron ida y vuelta varias veces.

Comenzaban a cuestionarse si no habían cometido el peor error de sus vidas al casarse con unos desconocidos, cuando regresó la luz.

Se apresuraron a poner a cargar los móviles y encender la televisión. Sentados codo a codo en el sofá, volvieron a ser ellos mismos. Ella dio una seguidilla de Me gusta en facebook, él escogió sus emoticonos preferidos para acallar las burlas con que cuestionaban su silencio en el chat de grupo.

Una hora después, apagaban todas las luces para irse a dormir.