Primer premio de la modalidad Narrativa en los Premios literarios José Román Grima

Lucas tiene dos papás. Lo dijo en clase y todos los niños reímos porque Juan, el que a todos nos encuentra motes y defectos, comenzó a reír golpeándose la tripa con la mano y echándose hacia atrás en la silla, como si no pudiera parar.

Cuando Juan hace eso, todos reímos un poquito, aunque no entendamos la broma, cuidando de hacerlo del lado de la cara que él te puede ver, para que después no tome represalias.

Pero aquella tarde, la profe nos miró enfadada. Con esa cara que solo pone cuando se enfada de verdad y no cuando se está haciendo la enfadada para hacernos callar. Las risas fueron apagándose y Juan se quedó como suspendido en el aire en medio de una carcajada.

– Gutiérrez, con esta nota a dirección – dijo la profe y lo hizo salir de clase.

Luego nos miró a todos como si fuéramos burros de esos con orejas larguísimas y le pidió a Lucas que repitiera lo de sus papás.

Entonces, él insistió en que tiene dos papás. Uno se llama Arturo y es profesor de niños más mayores y el otro se llama Tomás y es cocinero en un restaurante.

Al principio sentí pena por él. ¡Tener dos papás que lleguen a casa enfadados y te manden a tu cuarto para poder gritarle a tu mamá cosas horribles! Pero después, cuando la profe se lo preguntó, Lucas dijo que no tenía mamá, pero que no necesitaba una mamá porque ya tenía dos padres muy buenos con él.

La profe dijo que no todas las familias son iguales, que algunas tienen mamás y papás, otras tienen sólo uno de ellos, otras no tienen ninguno, y otras como la de Lucas, tiene dos mamás o dos papás.

Luego seguimos con la clase, pero yo me quedé mucho rato pensando en todo aquello. Como cuando la profe nos enseña  palabras nuevas en inglés y yo las sigo repitiendo bajito aunque ya estemos en la siguiente hora, para no olvidarlas.

En el recreo, invité a Lucas a jugar conmigo al ping pong. Esa semana nos tocaba usar las mesas de atrás de las pistas. Lucas llevaba poco tiempo en el cole y aún no tenía amigos. Yo llevaba mucho tiempo, y tampoco los tenia.  Por eso, desde aquel día nos hicimos inseparables.

El papá que siempre venía a buscarlo a la salida, era su papá Tomás. Terminaba de trabajar en el restaurante y venía a recogerlo. Lucas decía que su papá cocinero le preparaba unas meriendas riquísimas. Y a mí me daba envidia, porque yo no había visto a mi padre tocar nada en la cocina jamás. Solo levantaba las tapas de las ollas y decía que esto se estaba pasando o que a aquello otro le faltaba sal.

Aunque a mí me daba un poco de corte hablar con Lucas sobre su familia, él siempre me contaba cosas que me hacían sentir envidia. Que mientras un papá le ayudaba con los deberes, el otro ponía la lavadora. O que mientras uno se ocupaba de la cena, el otro jugaba con él al Ahorcado. Y no era siempre el mismo. En su casa se turnaban para hacer todas las tareas. Y él mismo tenía asignadas algunas de las que era responsable.

Yo llegaba a casa y la veía a mamá, siempre ocupada, siempre corriendo para tener la cena lista, y la comida que papá llevaría al trabajo al día siguiente, para poner lavadoras, planchar, fregar platos. Y no lo entendía. Un día me ofrecí a pelar patatas. Otro a poner la mesa, y así poco a poco, fui teniendo algunas responsabilidades que me hacían sentir importante.

Pero cuando papá llegó un día del trabajo y me vio limpiando el pasillo, puso el grito en el cielo:

– ¿Qué hace este niño? ¿Desde cuándo le obligas a trabajar para poder escaquearte, descarada? ¿No sabes que estas no son cosas de hombres?

Mi madre no dijo nada. Me quitó la fregona de las manos y con una súplica en los ojos me pidió que me fuera a mi cuarto.

Aquella, como tantas noches, no hubo cena. Mi madre me alcanzó un vaso de leche tibia con unas galletas, cuando todo hubo pasado y como siempre se cuidó muy bien de que yo viera sus ojos llorosos y no sé qué más.

Al día siguiente se lo conté todo a Lucas. Después de todo, era mi mejor y único amigo. Lucas me miró asombrado y me consoló a su manera. Pasándome un brazo sobre los hombros y diciéndome que todo aquello tenía que cambiar.

Desde entonces hemos pasado a ser los maricas de la clase. Así nos conocen en todo el cole. Creo que no sé bien bien lo que significa marica. Supongo que piensan que Lucas me gusta y que quiero ser su novio. Pero la verdad es que Lucas es mi amigo y está a mi lado en esto pase lo que pase.

Lo duro no es que te señalen con el dedo y murmuren cuando estás cerca. Eso lo podríamos aguantar. A Lucas le pasaba eso antes aún de que nos pusieran ese apodo. Lo malo es que para poder pasar juntos el recreo tenemos que escondernos en alguno de nuestros sitios secretos, porque de otro modo no nos permiten ni hablar. Se forman corros en torno a nosotros, algunos escupen, otros nos arrojan restos de sus desayunos, y la mayoría se mofa pidiéndonos que nos besemos.

Lucas se lo ha contado a sus padres, pero yo no me animo a hacerlo. Sus padres han pedido cita para hablar con la directora. Y  mi madre ha terminado enterándose de todo por los cotilleos que circulan entre las madres a las puertas del colegio, mientras esperan que se haga la hora de la salida.

– ¿Por qué no me lo has contado? – ha sido lo primero que ha dicho de camino a casa. Las lágrimas le brotaban más rápido de lo que era capaz de enjugarlas.

– Lo siento, mamá.

Pensé que la había defraudado. Que nunca tendría que haberme hecho amigo de un niño como Lucas. Yo mismo había escuchado cómo un grupo de madres le decía al papá cocinero de Lucas, que lo estaban convirtiendo en un homosexual, como ellos. Había algo malo en él.  Y yo, le había fallado a mamá haciéndome su amigo.

– No tienes nada que sentir – me dijo ella. Y me abrazó – Yo también vendré a hablar con la directora.

-Yo… yo no he hecho nada malo….

– Ya lo sé, cariño. Ya lo sé… Solo te pido que de todo esto no digas ni una palabra a tu padre.

Eso significaba que en realidad sí había hecho algo malo. Porque no podía saberlo mi padre y además estaba haciendo que mamá llorara sin intentar disimularlo ya.

A menudo mi madre me pedía que guardara el secreto sobre algo que hacíamos o algo que me compraba y yo obedecía sin dudarlo. Pero aquella vez no bastó. Mi padre se terminó enterando igual. Algún padre de los que se cruzaba en el bar, se lo contó. O le contó algo parecido a la verdad.

Es que el asunto parecía haberse convertido en el cotilleo preferido de todos tanto dentro como fuera del colegio.

Al día siguiente, papá decretó que me encontraba enfermo y que no iría a clase hasta que no me mejorara.

Él mismo fue a hablar con la directora sin esperar a que le diera cita ni nada. Dijo que lo tendría que recibir sí o sí.

No sé qué pasó realmente. Ni mi madre creo que lo sepa porque se negó a ir con ella que insistía en acompañarlo para evitar que se pusiese nervioso. ¡Nervioso ya estoy!, vociferaba él. ¡Más que nervioso, furioso! ¿A qué clase de colegio mandas a tu hijo, eh? ¿Uno donde el libertinaje y la indecencia son la moneda corriente? ¿Cómo no va a querer el niño fregar suelos, si quien sabe qué ideas homosexuales la han estado metiendo en la sesera?

Solo sé que al regresar, papá dijo que les daba una semana para arreglar las cosas y que si no cumplían con lo que habían prometido se iban a enterar. Durante esa semana, yo seguí enfermo aunque no sabía qué era lo que tenía, porque me sentía bien. Confuso y triste, pero bien. No me dolía la garganta al tragar, ni la cabeza, ni los oídos… Tampoco la tripa. Pero tuve que quedarme en casa igual.

Echaba de menos a Lucas y su sonrisa tranquilizadora. Jugar con él y escucharlo contar ese libro que su papá Arturo estaba leyéndole cada noche.

Lo peor fue que al regresar al cole, cuando esperaba ansioso reencontrarme con él, supe que iba a seguir echándolo de menos por mucho tiempo. Lucas se había cambiado de colegio.

La profe me lo dijo antes de entrar, con cara seria y triste. Como si me estuviera anunciando una muerte.

– ¿Pero él está bien? – pregunté con voz temblorosa

– Sí, cariño. De seguro lo estará. Pero sus papás han decidido que le vendría bien un cambio

– Es una pena

– Es una pena, sí – repitió la profe. Y en sus ojos tristes vi que no lo decía por consolarme, sino porque lo sentía de verdad.

A pesar de que Lucas había marchado, las cosas seguían estando iguales para mí. Me seguían señalando, mofándose de la forma en que andaba, o de los colores de mi mochila, o de la ropa que llevaba. Y ni siquiera estaba mi amigo para escondernos juntos y reírnos de cualquier cosa, o jugar a juegos que solo a él se le ocurrían.

Estaba solo, intentaba esconderme en nuestros sitios secretos, pero en general no lo conseguía. Así que pasaba el recreo encerrado en el baño o sin salir de clase. Porque pisar el patio significaba que me pusieran zancadillas, me empujaran “sin querer” o me dijeran cosas horribles que no comprendía del todo.

No se olvidaban de Lucas, como tampoco me olvidaba yo.

Mi madre me había prometido que si ese trimestre traía buenas notas, me iba a dejar acercarme un día a su casa para saludarlo. Pero por más que yo lo intentaba y lo intentaba, las cosas no me estaban saliendo bien en clase. No recordaba lo que creía haber estudiado ni entendía todas esas cosas de geometría que a la profe se le había dado por explicar últimamente.

Los fines de semana, mi padre insistía en que debía salir con él a “hacer cosas de hombres”. Yo, que en otro tiempo hubiera estado feliz de que mi padre quisiera compartir tiempo conmigo, intuía que lo que intentaba era “desintoxicarme” de Lucas y sus buenos modales, sus palabras siempre precisas, su desbordante imaginación. Porque lo que tocaba hacer durante esos fines de semana era salir a andar por el monte de seis de la mañana a seis de la tarde (para regresar insolado y con agujetas de varios colores), o aprender a clavar un gusano en un anzuelo (qué asco me dio esa lección) o la peor de todas, acompañarlo a cazar.

Si ya traspasar al pobre gusanillo vivo con aquella punta metálica me había provocado pesadillas, lo de ver caer aves abatidas por los disparos ensordecedores de mi padre y sus amigos, me impidió dormir durante noches.

Las cosas no iban bien. El fin del trimestre se acercaba y las notas no mejoraban.

A veces, cuando estaba solo con mamá, le recordaba su promesa. Ella asentía sin mirarme y decía que haría todo lo posible. Pero que primero estudiara mucho. Que no me mirara no era buen síntoma. Eso hace siempre que tiene que mentirme. Aunque no quiera.

Una mañana me desperté con las piernas pesadas. No lograba sacarlas de la cama. Era como si dos menhires de esos que habíamos visto en la clase de historia, se me hubieran acomodado encima.

Quería obedecer a mamá que insistía en que tenía que levantarme a desayunar, pero no podía. Era como si la cama fuera todo lo que necesitaba para vivir. Y no tenía fuerzas para salir de allí.

Mi madre llamó al médico que dijo que no tenía nada. Que clínicamente estaba perfecto. Que tal vez estuviera incubando algo, y que estuviera atenta a los síntomas.

Pero los síntomas no cambiaban. Yo solo quería estar en mi cama. Y mientras me dejasen permanecer allí, me sentía un poco menos agobiado. Ni ganas de comer tenía. Y solo lo hacía para conformar a mamá.

Mi padre pronto decretó que evidentemente no tenía nada y que me estaba haciendo el enfermo para no ir al colegio. Que en vago e irresponsable había salido a mi madre. Así que una mañana me puso en pie y me obligó a vestirme golpeándome cuando hacía falta o sosteniéndome él mismo de las orejas o de cualquier otra parte de mi cuerpo que le quedara a mano.

Mi madre le rogaba que no me forzara, pero él no la escuchó. A las nueve en punto me depositó en la esquina del cole y me dijo que mejor que me comportara y que se había acabado la tontería. Luego arrancó el coche y se fue. Yo, me dejé caer hasta el bordillo de la acera y allí, hecho un ovillo empecé a llorar.

Mis compañeros pasaban a mi lado y me llamaban marica, algunos me escupían, otros simplemente se reían y la mayoría ni siquiera me miraba.

Yo envidié sus fuerzas, esas piernas que los llevaban como en el aire hacia la puerta del cole, cuando yo me sentía incapaz de ponerme en pie.

Al final lo hice, pero no entré al cole. Solo pensar en sentarme en la clase mientras unos me propinaban collejas y otros me pasaban papelitos arrugados cargados de palabras horribles, me provocaba náuseas.

Me encaminé inseguro hacia el parque cercano. Poco a poco me fue costando menos caminar. Pronto entendí que se debía a que tenía un objetivo. Dejé la mochila sobre un banco y me quité el abrigo. Y seguí caminando hacia la urbanización de los chalets. Sabía que allí vivía Lucas, pero no sabía en cuál de todas aquellos cientos de casas que descubrí en cuanto la observé desde el otro lado de la autopista.

Me seguí acercando. El puente que cruzaba sobre los coches era alto. Costaba mucho subir los cuatro tramos de escaleras, pero después de mucho esfuerzo lo conseguí. Ya arriba, viendo pasar los coches a toda velocidad bajo mis pies, me quité la camiseta. Sudaba. El suelo del puente era un enrejado de metal, y cuando los coches pasaban por debajo, se los veía un momento a través de los orificios, y se podía adivinar el color.

Tal vez no era que realmente lo adivinara. Sólo que mirándolos venir de frente hacia mí, sabía de qué color serían cuando pasaran por debajo de mis pies.

Me reí de mí mismo. Hacía mucho que no reía y pensé en Lucas, en que él era la única persona del mundo que sabía hacerme reír. Y que no iba a ser capaz de encontrarlo entre todos esos chalets uno igual a otro. Cada uno con sus jardines verdes detrás de las verjas altas que los ocultaban de la vista.

Seguí mirando los coches. Calculé la velocidad a la que pasaban contando cuántos segundos tardaban en recorrer un tramo que consideré serían unos quinientos metros.

Si mi profe supiera lo que había conseguido calcular yo solo y sin que nadie me pusiera un problema para resolver…

Lo de los coches y su velocidad, más que un problema era una solución, me dije.

La forma en que todo el mundo se sentiría tranquilo. En el cole nadie me echaría de menos. Mi padre se quitaría un gran peso de encima al no tener que lidiar con un hijo maricón. Y mi madre… mi madre se pondría triste al principio, pero después se daría cuenta de que era lo mejor para ella. Ya no tendría que mentir a mi padre para justificar mis tonterías y él, tendría muchas menos excusas para gritarle y decirle lo tonta que era.

Mi madre no es tonta, pensé, mientras me trepaba a las rejas de metal que formaban las paredes del puente. Las piernas me pesaban, pero podía con ellas. Tenía un objetivo. Mi madre no es tonta y lo entenderá. Seguí trepando. El sudor hacía que las manos se resbalaran pero me las sequé una a una en las perneras del pantalón. Un último esfuerzo, me permitió pasar uno de mis pies por sobre las rejas. Allí, sentado a caballito sobre el puente de la autopista el viento me daba en los ojos y los coches parecían pequeños. Como aquellos que yo hacía avanzar sobre la alfombra de mi cuarto cuando tenía cuatro o cinco años. Ya soy un viejo de once, me dije al entender que estaba pensando en mi infancia como pensarán los viejos en su juventud.

No tenía miedo. Todo parecía un sueño de esos de los que no te puedes despertar aunque sepas que lo son. Y todo pasa muy rápido, como los coches, que dejaban dibujada una casi imperceptible ráfaga de color a su paso. Algunos gritos intentaban que quitara la atención de ellos, pero yo seguía mirando sus colores cambiantes. El puente tembló cuando varios pies corrieron sobre él.

No quise mirar hacia las voces, ni escucharlas. Solo me concentré en el viento, en el sonido de los coches, en el asfalto gris. Y dejé de soñar.

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