Nos lamentamos, hipócritas, de no haberlo visto venir, pero nos seguimos sentando en nuestros mullidos sillones para aplaudir a propios y abuchear a ajenos, sin importar lo que dijeran. No habíamos visto venir el primer estallido, y sin embargo nos acusaban de haber activado la bomba en aquel entonces lejano en que las burbujas sólo eran pompas de jabón y la gente se creía nuestras promesas de plenitud. Qué trabajo tan injusto, nos decíamos en charlas de pasillo, palmeándonos mutuamente las espaldas. No imaginábamos que la verdadera bomba, activada por indignados dedos, nos sorprendería una mañana de lunes aletargados en nuestros escaños. Tampoco a esa, supimos verla venir.
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