Hoy parece que ella tiene la voz todavía más dulce que ayer. La escucho cantar como todas las noches a través del tabique que separa su piso del mío. Nunca la he visto, sólo la imagino. Suave, ojerosa, menuda. Como su voz, que recorre el repertorio acostumbrado: ángeles traviesos, tortugas aventureras, teteras friolentas, gaviotas despistadas. Su niño ha de ser inquieto y le cuesta dormir. Apoyo la cabeza en la pared y me tapo con las mantas hasta la barbilla. Ha dejado de cantar. Ahora yo. Tal vez esta vez haya escuchado mis deseos. El tabique es muy fino y he deseado muy fuerte. Quizás, no me espere otra noche de insomnio.