Sin saber por qué, le di un puñetazo en la barriga. Como era de esperar de una chivata, ella lloró con ese sonido insoportable que profería a todas horas. Mi madre se acercó preocupada y la alzó de la cuna. Yo simulé estar mirando los dibujos. No me miró. Llevaba semanas sin mirarme, o eso me parecía a mí. Aquella noche mi conciencia desvelada me obligó a confesar el delito ante los ojos somnolientos de mis padres. Acepté el castigo y darle un beso de disculpas al pompón rosa que compartía su cuarto. A cambio, mamá me acompañó a la cama y me cantó hasta que me dormí.
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