El incómodo cadáver del mediador familiar permaneció en exhibición durante una semana. Después, cuando las aves habían ahondado las cuencas de sus ojos, por orden del rey fue reemplazado por el de la reina, madre de los príncipes. El rey se aseguró de que los niños presenciaran las ejecuciones. Como a pesar de sus advertencias, fueron incapaces de mantener sus portes principescos y no llorar, también tuvo que acabar con ellos. Y colorín colorado…
Los niños pálidos y mudos observaban el rostro amable de su cuidadora que sonreía como si acabara de cantarles una nana. Por primera vez en dos meses, aquella noche la niñera durmió.
