El mensaje era claro, conciso, breve y letal: no insistas, decía. Pero he porfiado en contradecirlo. Primer intento: frasco de pastillas. Mi impericia química ha derivado en un monumental desarreglo estomacal y varios días durmiendo, nada más. Lo he intentado saltando desde el puente sobre la avenida. Con tanta gracia que he aterrizado con el abrigo flotando a modo de paracaídas sobre el techo de un autobús. He pensado en dejar el gas de la cocina abierto, sin tener en cuenta que la mía es eléctrica.
Pero esta vez no fallaré. Estoy en la azotea del edificio más alto de mi ciudad dispuesto a saltar.
Qué pena haberme mudado a Lilliput.