Otra vez mi invitado, lo ha conseguido
Por segunda vez, me toca invitar a mi blog a alguien muy especial. Mi hijo Mariano, que este año también se ha puesto manos a la obra y ha resultado finalista del XXIX CERTAMEN LITERARIO del IES Severo Ochoa de Alcobendas en la categoría Primero y Segundo de ESO con su relato Inseparables.
El desafío consistía en escribir un relato corto que incluyera la frase «pero no vio más que su cara» perteneciente a Tirante el Blanco, (Tirant lo Blanc, en su lengua original) libro de caballerías muy importante para las letras hispánicas, del autor valenciano Joanot Martorell.
Con el orgullo de madre y escritora, hago otra vez un sitio especial en mi casa de letras a Mariano.
Inseparables
-¿Es qué quieres acabar como Michael en el cementerio por no llevarse nada a la boca? – grita papá.
-No, ¿pero qué hacemos con Jamie? Estando en la fábrica catorce horas no podré cuidar de él – responde mamá.
Otra vez mamá y papá me han despertado con sus discusiones. No sé porque lo hacen, es como un fragmento de una obra de teatro, papá cuenta siempre lo mismo y mamá también responde igual, después cada uno se va a dormir y acaban igual que cuando empiezan. Es como la rutina.
Hasta que un día cuando están discutiendo como siempre, papá dice algo nuevo.
-Me da igual lo que digas yo me voy con George y Daniel en febrero del año que viene – responde sin permitir cuestionamientos.
A mí tampoco me hace ninguna gracia irme a la ciudad a trabajar aunque el tío Louis diga que es la única opción. Y menos aún si debo separarme de mamá y Jamie, y marchar con mi hermano mayor George, que solo sabe darme collejas.
Aquí en el pueblo salgo a jugar al campo con mis amigos, aunque ya quedan pocos, y en la ciudad se respira mal, hay mucho humo y está todo gris. Eso pensaba en aquel verano, el último que pasamos en el pueblo.
Pero si mamá no tenía opción de rechistar, yo mucho menos. Así que en febrero de 1786 partimos hacia una nueva vida con solamente nuestra ropa y el poco dinero que teníamos.
Me subí por primera vez a un tren y fue impresionante. Vas a una velocidad con la que los caballos no pueden ni soñar y además hemos visto paisajes variados y preciosos. Bueno, excepto el destino; que era un lugar muy depresivo sinceramente, todo se veía gris y había gigantes chimeneas que escupían humo a raudales. La gente parecía venir de un funeral y estaban absorbidos por sus pensamientos, caminando como muertos en vida.
Llegamos a nuestra casa, bueno si a este sitio en que vivimos se le puede llamar casa. Tiene una ventana muy pequeña y solamente podemos dormir apretujados en una especie de cama sin tener ningún tipo de calefacción. Tenemos una gotera y de vez en cuando aparecen ratas y otros tipos de bichos y animales desagradables.
Los primeros días en la fábrica fueron mucho peores de lo que me esperaba. Pronto entendí que no tenía ningún sentido todo el esfuerzo que hacíamos, para luego tener que cenar lo que se pueda, si es que se puede, y dormir cuatro horas y vuelta a empezar. La vida no tenía sentido: no conocía a nadie, la gente solamente hablaba de cuestiones prácticas, tenías que protegerte porque había ladrones que te quitaban lo poco que tenías. En resumen, una miseria.
Todo siguió así hasta que un día como todos en la fábrica, mi hermano George se acercó y en un susurro disimulado me dijo que había encontrado a Thomas , pero no vio más que su cara.
Thomas había sido mi mejor amigo en la aldea, pero había partido con su familia bastante antes que nosotros.
No pensé en otra cosa hasta la hora de comer. Esperé hasta entonces para hablar con él, ya que estaba prohibido hacerlo durante el horario de trabajo. Los guardias te daban una paliza si incumplías cualquier norma.
Thomas también estaba muy contento de haberse encontrado conmigo. Se convirtió en el único sentido de mi vida: trabajar catorce horas para poder charlar quince minutos con él cada día mientras comíamos lo poco que nuestras madres nos podían preparar.
Ya ni mis padres hablaban conmigo. Mi hermano, que nunca había sido muy comunicativo, solo lo hacía para quejarse. Thomas era la única persona con la que podía comunicarme.
A veces pienso, que aunque la situación era muy penosa, con la presencia de Thomas, hubiera podido superarlo todo. Y entonces las imágenes del incendio vuelven a mí y me queman el alma.
Fue una noche, cuando estábamos a punto de terminar la jornada. Thomas trabajaba en una máquina hiladora a unos diez metros de la mía. De pronto, su máquina emitió un ruido atroz como el quejido de un gigante herido. La parte superior se desplomó sobre las finas piernas de mi amigo. Lo vi abrir mucho los ojos, y la boca. Como queriendo proferir un grito que no le salía de la garganta.
Varios de los que estábamos cerca, corrimos hacia él para intentar liberarlo. No lo conseguimos. Entonces, se desató el incendio.
Todo era humo, llamas y confusión. La gente huía, pero yo no podía dejar de mirar los ojos desesperados de mi amigo. Cogí su mano y leí en sus labios una única palabra: vete.
– De ninguna manera – vociferé por encima de los gritos que se multiplicaban a mi alrededor.
Cerró los ojos y me soltó la mano.
No recuerdo exactamente qué pasó después. Sé que mi padre me arrastró colgado a su cuello hasta la salida.
El pobre Thomas no fue el único que murió. No había herramientas ni preparación para actuar en una situación así. Se supone que he sido afortunado, pero yo no lo creo.
Han pasado unos pocos días y papá dice que la fábrica ya está arreglada y que debemos volver al trabajo. Yo, que desde entonces vivo recostado en mi jergón, observando el ritmo pausado con que las gotas de lluvia llenan una y otra vez el cubo con que mi madre recoge el agua de las goteras, digo que no quiero ir.
– No te lo he preguntado – dice mi padre.
Me duermo inquieto y sueño como cada noche con Thomas. Pero esta vez no me dice “Vete”, pronuncia un claro y contundente “Ven”.
Cuando papá me despierta, ya no le digo que no iré. Arrastro mis pies detrás de sus pasos con la certeza de que Thomas me estará esperando.
Entro a la fábrica y ocupo su puesto. A la hora de la comida, me quedo sentado junto a la máquina charlando con él. Ya no queremos comer.
Al final del día, cuando suena la sirena, no me pongo de pie. Mis piernas están atrapadas, pero yo ya no las necesito.
Mariano Crespo Collazo
