En su nombre
Como un enjambre después de recibir la pedrada de un niño, mi cabeza es una colección de celdas vacías. La luz de una linterna se abre paso entre sus cavidades sin iluminar ni un gramo de sensatez.
– ¡Alto! – grita una voz.
Obedezco. Aunque quisiera, no me podría mover.
En la mano izquierda estrujo el papel en que el detective apuntó tu dirección: calle México 12, 1º A.
En la derecha, sostengo el metal pringoso donde aún noto palpitar tu corazón.
Y entre los labios, aprieto con fuerza, para que no se me olvide, el nombre de mi hija. Ese que he repetido sin parar desde el mismo momento en que, sin imaginar que la libertad iba a durarte tan poco, me has abierto la puerta.
