Mucho me temo que vienen a rescatarme. Pablo da vueltas la habitación buscando la pistola con la que lleva tiempo sin amenazarme. Suéltame y te ayudo, le digo. Me mira con esos ojos de pena. Está nervioso, como al principio. La onda perfectamente engominada, le ha caído sobre la frente y parece un niño desvalido. Quisiera despejarle los ojos con una caricia camuflada como hago siempre mientras duerme.
La ha encontrado en el armario donde guardamos las provisiones. Los uniformes han irrumpido ya. El rojo sorpresivo empapa el pelo de Pablo, que ha musitado un te quiero mirando mis ojos nublados justo antes de apretar el gatillo.