Como un bigote a lo antiguo, debajo de la nariz, el rastro de chocolate delataba su actividad prohibida en la cocina.
– ¿Tú no habrás probado el pastel de tu hermana, no?
Negó en un vuelo de flequillo y se apresuró hacia la puerta.
– A las nueve aquí. Y límpiate esa boca… Pero mamá, nada – recriminé aún antes de que pronunciara el pero que asomaba bajo su bigote.
Tenía doce años y los tendrá siempre. He repasado esa escena miles de veces, buscando indicios, deseando haber intercalado un te quiero, un cuídate. Desde entonces, en los cumpleaños de Sara, las velas no se encienden en el pastel.
