Como un enjambre después de recibir la pedrada de un niño, mi cabeza está vacía. Y yo, que pretendía conquistarte con un examen brillante.

Paseas entre las mesas con tu andar desmadejado. El tacón de tu zapato izquierdo sigue estando flojo, y otra vez te has olvidado el paraguas.

Te frotas la nariz para reprimir un estornudo que tardará cuatro, tres, dos, ahí está, en estallar.

Como todos los martes, te has recogido el pelo. Opción A: vas al gimnasio los lunes. Opción B: los martes tenemos primera, madrugas demasiado.

Miras interrogante mi hoja en blanco.

— ¿Qué pasa, Pablo? ¿Estás desconcentrado?

Sonrío rojo de vergüenza. Si en lugar de preguntar antecedentes de la revolución francesa, preguntaras causas objetivas para enamorarse de ti…

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