A nadie se le ocurrirá que solo quiso volar, como antes, cuando era gaviota. Desde que ha renunciado a sus alas por amor, echa de menos remontar vuelo hasta tocar el sol para caer en picado hacia las olas. No lo dice. Finge estar adaptada a la vida submarina. La familia de peces voladores a la que pertenece su amado, la ha recibido con las aletas abiertas. No puede decepcionarlos. Aún le escuecen las heridas en el sitio donde antes empezaban sus alas. Las excursiones al exterior, volando al ras del agua, le resultan tontas y aburridas. Aguanta. Ha prometido amor eterno, sin pensar que la eternidad dura para siempre.
