– Boxeador, quiero ser boxeador.
Alicia lo miró extrañada. Había bomberos, profesores, futbolistas, pero ¿boxeadores? Nunca antes un niño había contestado eso a la pregunta que hacía cada curso, al estudiar los oficios.
Marcos supo que había dicho algo que no debía. Algo de lo que su mamá le recomendaba no contar jamás.
Por eso, cuando la profe preguntó ¿por qué?, él regresó a su lenguaje monosilábico de telegrama y se encogió de hombros.
Ya en casa no quiso contarle a mamá lo sucedido. Temía hacerla llorar, como cuando le decía que de mayor sería príncipe para rescatarla del ogro y llevarla lejos. Esos son cuentos, cariño, le contestaba siempre. Por eso él había cambiado de plan. Sería boxeador. Como ese que en la tele había volteado a un hombre enorme con un solo golpe. Un hombre enorme y sudoroso. Y en calzoncillos. Sí, de mayor sería boxeador. Ya se enteraría papá.
