Hoy parece que ella tiene la voz todavía más dulce que ayer. Los chicos ponen las manos a modo de orejas cuando se gira a escribir en la pizarra. Las chicas me codean invitándome a festejar la chanza. Las risas contenidas recorren el pasillo. Se ríen de sus dientes prominentes, del pelo cayéndole enmarañado por la espalda. Como una crin, dicen. “La caballo” hace como que no se entera. Se vuelve y señala la ecuación con un dedo manchado, expectante. Levanto la mano. “Adelante, María” dice sin fijarse en mis mejillas rojas. Tropiezo con una mochila antes de llegar al frente. Mis ojos quedan a la altura de sus pies. Ella me ayuda a incorporar mi orgullo herido. No percibo las risas. Solo su mirada tierna, y me termino de enamorar.
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