Ayer Sinestesia General dio sus primeros pasos en el mundo real. Se desprendió con recelo de mi mano y se largó a caminar.

Por suerte, como testigos de lujo de ese momento, estábamos rodeados de gente amiga, de gente querida, de manos expectantes que lo esperaban al final del recorrido para acogerlo y llevárselo a casa.

Gracias al trabajo inestimable de mi amigo Ernesto Ortega, lució como una verdadera estrella. Y gracias al cariño de un público entregado, que creo que no esperaba encontrarse con una presentación de este estilo, se fue soltando la melena y apenas si me dijo adiós antes de irse con tanta gente extraña para él.

Tengo que agradecer una vez más al Ayuntamiento de Alcobendas que no solo me cedió el espacio, también me ayudó en todo lo que estuviera a su alcance, en la difusión del evento y en esos pequeños detalles que hicieron que todo engarzara a la perfección. Especialmente al alcalde Rafael Sánchez Acera, que me ha acompañado personalmente a la presentación.

Debería pasarme el día repartiendo agradecimientos: a la editorial Platero Coolbooks que ha confiado en mí para llegar hasta aquí; a Rafa Olivares, mi generoso prologuista; a Raquel González Chico y sus vocales mágicas; a mi presentador de lujo, Ernesto Ortega; a mis lectores en vivo (Miriam, Alberto, Fede); y a toda esa gente que llenó la sala del Centro Cultural Pablo Iglesias y me lo hizo todo tan fácil: familiares, amigos de letras y de los otros, compañeros; gente que hoy, gracias al estupendo trabajo de Ernesto, me conoce un poco más.

Hasta los que no pudieron estar presentes lo estuvieron (Andrea sabés que es así) y me lo hicieron saber con cariñosos mensajes.

¿Qué más se puede pedir? Pues… seguir inventando historias, seguir jugando con los colores de las palabras, pero sobre todo, seguir aprendiendo, que de eso se trata este asunto de escribir.



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