Habíamos hecho un pacto secreto. Moriríamos juntos. Por eso, cuando aquella bala te alcanzó, me incliné sobre tu cuerpo tembloroso y te arrastré hasta el callejón, donde nadie pudiera vernos. Te asiste con fuerza a mi nuca y clavaste tus uñas en mi pelo negro, como lo hacías a veces, pero con una desesperación nueva. Te quite la mata de pelo rubio que te tapaba los ojos. Estoy listo, te dije. Tú, simplemente asentiste. Pasaron treinta eternos segundos durante los cuales cerré los ojos. Tu cuerpo acunado entre mis brazos comenzó a pesar cada vez menos y cuando por primera vez maullaste, miré confundido las almohadillas de tus patas, los largos bigotes, el pelo anaranjado que te había brotado por todo el cuerpo. No supe que me había convertido en gato, hasta que me vi reflejado en tu mirada.