Y regresé al cielo de mis rayuelas de infancia. Saltando a la pata coja pisé la nube dibujada con tiza. Y volví a montar en bici, a llenarme la boca de algodón de azúcar, a abrazarte con dedos pegajosos, y a gritar ¡mírame abuela, mírame! desde lo alto del tobogán más alto. Recordé cuando mirábamos esa estrella desde donde el abuelo nos cuidaba. Ojalá pudiera pensarte en una luz titilante, o en un cielo de tiza. Pero en el camino he perdido tu mirada. Y ahora, que la noticia me alcanza como un disparo traicionero, no recuerdo cómo se hacía para llorar.
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