Peina por última vez a su muñeca. La guarda en el armario, donde aún cuelga su único abrigo, el que usa para ir al colegio, pero no el vestido largo que le han comprado para que él la conozca. Ese ocupa la pequeña maleta sobre la cama. Lo ha estrenado una semana atrás.
Entonces, él había asentido después de mirarla sin prestarle atención y se había encerrado en la sala con su padre.
– Van a hablar cosas de hombres, mi amor – había dicho con tono triste su madre.
Cuando salieron, ella, roja de vergüenza, no había levantado la cabeza. No le había mirado a la cara. Solo sabía que tenía zapatos de viejo.
Su madre entra al cuarto con el vestido blanco plegado sobre el antebrazo y una sonrisa forzada en el rostro. Ella desea infructuosamente ser muñeca y encerrarse en el armario para no salir nunca más.
