Hoy parece que ella tiene la voz todavía más dulce que ayer. Canta sentada sobre el taburete alto, escudándose detrás de su guitarra. Todos esperan el momento en que la deslice hasta sus pies y los senos menudos y pálidos queden al descubierto, dando inicio al verdadero espectáculo. Pero yo no. Yo quiero que siga cantando, mirando el vacío con expresión triste. Solo por escucharla pago cada noche y soporto las groserías con que la reciben, el penetrante olor a sudor y alcohol. Al rato, se pone de pie entre gritos y aplausos. Comienza a contonearse de un modo procaz. Ya no es ella. Camino mareado en la oscuridad hacia la salida.
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