Cuando se prendieron las cortinas de la cocina, mamá puso el grito en el cielo. Mi hermana Sara, sosteniendo aún las cerillas, la desafió a ir a buscarlo. Lo iba a necesitar. Mamá me dejó a cargo y salió por la ventana. Sara me sobornó con su mejor sonrisa batracia, todos sus helados del verano, y la mitad de sus porciones de turrón de navidad.

Cuando mamá regresó, las cosas se me habían ido de las manos. Sara usaba las cortinas chamuscadas como velo, y estaba a punto de casarse con nuestro hámster a quien había vestido de etiqueta envolviéndolo con la corbata de papá. Yo, que oficiaba de sacerdote, me quedé en blanco. A mamá volvió a escapársele el grito. Tuvo que ir de nuevo a por él.