Hace rato que las ambulancias han llegado y sus luces giratorias iluminan la noche como pequeños faros buscando atraer a los navegantes perdidos.

No es mi caso. Yo estoy junto al guardarraíl, cerca del sitio en que todos se mueven apresurados, no soy un navegante perdido.

Del otro lado de la cuneta, el autobús en el que viajábamos, volcado. Sus ruedas han permanecido girando un rato después de que se detuviera, quieto, como un velociráptor herido tras el vuelo espectacular que nos sacó de la carretera.

No podría precisar cuánto tiempo ha pasado desde entonces. Fue antes de que se oyeran las sirenas. Bastante antes, diría yo.

El tiempo es un poco relativo cuando solo puedes ver las cosas desde el ángulo que te ofrece el hecho de tener una mejilla enterrada en un matojo de hierba seca.

He visto pasar junto a mí, los pies descalzos del bebé que viajaba con su madre en el asiento que estaba delante del mío.

Me ha llamado la atención, porque recuerdo haberlo visto envuelto en una mantilla azul. Y haber pensado en que no debía tener más de cinco o seis meses, como tú, cariño.

Sin embargo, el chiquillo ha pasado corriendo a escasos palmos de mi nariz, y su madre, completamente desnuda, detrás. 

Los he visto cruzar la cuneta de un salto y perderse más allá de las luces titilantes, como si los pequeños faros no les atrajeran en absoluto. Los bebés, tenéis otras prioridades, ¿verdad, cariño?

Como dormiros en el regazo materno, satisfechos de leche y mimos. Soñando angelitos cantados desde el otro lado de vuestros párpados oscilantes. Y flotar. Tal como el bebé de la fila 18 ha hecho antes de perderse más allá de la nube de tierra que enturbia el aire.

Ahora que lo pienso, tal vez más que tierra, sea humo lo que flota, porque han pasado a la altura de mi ojo varios pares de botas presurosas seguidas de una larga y temible serpiente, que por suerte, pude comprobar, riendo de mis absurdos miedos, no era otra cosa que una manguera.

No puedo girar la muñeca para mirar la hora, pero está empezando a preocuparme que tu padre no se dé cuenta de que me voy a demorar más de lo previsto y de que es posible que no llegue a bañarte.

Es que ¿sabes qué ocurre? Que luego se te pasa la hora, y ya no comes bien la papilla ni te tomas el último biberón antes de quedarte dormido. Y eso significa que tendremos noche movida.

Entiendo que a ti, te da un poco igual, cariño. Pero es que yo luego, al día siguiente, no soy persona en el trabajo. Perdona que te de la lata. Pero es que como me empiezo a aburrir, o hablo contigo, o esto se va a poner más pesado que una de esas pelis raras que le gustan a tu padre.

Tu padre…. Él lo sabe, mira que se lo digo, que el niño tiene unos horarios, y hay que respetarlos para establecer unas rutinas que lo ayudarán y le darán seguridad, pero los hombres tienen otra percepción del tiempo. 

Cuando se dé cuenta de la hora que es, tú ya estarás berreando muerto de hambre y él no tendrá la papilla lista.

Mira, que te de un potito de esos que tenemos en la alacena de arriba para casos de emergencia, que este, tal vez lo sea… Más aún teniendo en cuenta las sirenas que no paran de chillar.

Ahora son unos cuantos los pasajeros que caminan carretera abajo sin importarles que la gente de uniforme intente retenerlos, encontrarlos, extraerlos de entre los hierros retorcidos y humeantes.

Caminan sin prisa, pero decididos. Solo miran atrás para hacer señas a los rezagados para que no se entretengan.

He reconocido a la chica de los brackets que siempre lee novelas negras y que se monta un pueblo después que yo. Como todos, va descalza.

Se ha girado y me ha llamado por mi nombre. Siempre me ha caído muy bien. Y es que conmigo la gente que lee, ya tiene un punto asegurado… 

Pero no sé cómo sabe mi nombre, nunca hemos trabado conversación. Acaba de decirme que ya no hay nada que hacer. Que deje ya de dilatar la situación y la siga.

Creo que tiene razón. No puedo hacer aquí mucho por ayudar. Y sin mi móvil para llamar a tu padre y decirle que te meta ya mismo en la bañera, que si no después sabemos lo que pasa.

La de los brackets sigue esperándome. Es decidirme a seguirla e inmediatamente estoy de pie. Me sacudo la cara, los codos, las rodillas llenas de tierra detrás de las medias destrozadas. Con lo que me costaron estas medias. Se supone que te hacen una silueta espectacular, ¿sabes? Que disimulan el vientre caído después del parto y mantienen todo en su sitio.

Una verdadera estafa si consideramos que en este momento hay en mi cuerpo más cosas fuera de su sitio que en él.

No hay que creer en las publicidades engañosas. Juegan con la necesidad de las mujeres.

Pero tú te sientes insegura y quieres mostrarte recuperada y espléndida al regresar al trabajo. Entonces vas y te las compras. Ya ves.

Brackets parece impacientarse. Debo seguirla.

Lo bueno de estas medias es que puedes ir descalza por el pavimento rugoso de la carretera y no sentir el más mínimo dolor. Después de todo no han sido tan mala compra.

Me giro y observo la nube y las luces de los pequeños faros. Nadie los toma en serio. Todo el mundo prefiere alejarse disfrutando de esta sensación de liviandad que nos embarga a todos.

Algunos se palmean las espaldas, otros nos sonreímos tímidamente.

Pienso que si en el próximo pueblo encuentro una cabina de esas que ya solo se encuentran en los pueblos, llamaré a tu padre y le diré que te bañe y te acueste, que no sé cuánto me demoraré.

Mañana será otro día.

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