Salió, sigilosa, a estirar las piernas. O al menos eso dijo a su madre, que preocupada, la vio coger el abrigo del perchero.
Anduvo sin rumbo por las callejuelas que el frío mantenía desiertas. El móvil vibraba una y otra vez en el bolsillo trasero de su pantalón. Vibraban los insultos, las palabras de desprecio, su propia torpeza magnificada y reenviada una y otra vez. No podía dejar de leer. Hubiera querido arrojarlo desde arriba del puente que cruzaba las vías del tren. En cambio, lo apoyó sobre la barandilla y cuidando de no arrastrarlo con ella, saltó sin dudarlo al ver que asomaba el tren.
