No creo que pueda pedirse mucho más para ser un lunes por la tarde, majestad – pronuncié temblorosa. 

– ¡Insiste!, llevas semanas sin darme un buen vaticinio

– Es que Marte…

– ¡Basta de excusas!

Acaricié las runas como escuchándolas con los dedos.  Aunque estaban mudas, insistí teatralmente en un punto.

– ¿Qué? – inquirió él – ¿qué tienes?

Entorné la mirada mientras con una mano en alto le exigía silencio. Eso siempre daba resultado.

– Mañana, alteza. Mañana será el día- pronuncié con la soltura otorgada por la repetición.

Después de seis años en las mazmorras, ese momento diario era lo único que me recordaba que aquel hombre enjuto y desgreñado seguía siendo mi rey.