El bosque estaba ahí, esperando que nos decidiéramos a hacerlo. Por eso no se sorprendió cuando nos vio llegar arrastrando el cuerpo rígido mientras las poderosas botas iban abriendo dos surcos a lo largo del camino. Mamá y yo bufábamos a la par, cada uno tirando de un brazo. Lo enterramos en el claro que se abría justo al final y regresamos a casa embarrados y exhaustos. Mis hermanos supieron que no debían preguntar. Nunca más se habló de aquella noche, hasta hoy, cuando las máquinas excavadoras hallaron los huesos. Decidimos seguir callando. Tiene algo de justicia poética que justamente allí vayan a construir una nave para criar cerdos.

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